martes, julio 10, 2007

L'Hospital

Llega a hospital, todos los días, incluidos los domingos, a eso de las nueve. Camina rápido, casi corriendo, y saluda con la voz alquitranada. Pasa la capilla, atraviesa el pasillo y cruza la puerta de la habitación.
En la silla de ruedas, con el camisón a la virulé, la anciana espera, o no, pues es difícil adivinar su estado de ánimo. Unas palabras que quieren ser reconfortantes y, con suerte, alguna respuesta ininteligible.
El desayuno es frugal, pero la lentitud de la ingesta puede llegar a alargarlo más allá de la media hora. Yogur a cucharadas, poco a poco. La anciana se relame, parece paladear con gusto el saborcillo lácteo. Aunque siempre cabe la duda de si no serán, sus vueltas bucales, sólo fruto del vacío dental.
Le coloca la ropa con mucho cuidado, temiendo, en cada gesto, romperle algo. La bata gris de verano. Arriba este bracito, adentro la manga. Ahora, igual con el otro. Muy bien. El cojín para las piernas envueltas en la manta de cuadros. La chaqueta y la toquilla. El pañuelo, al cuello.
Y a pasear, lentamente.