lunes, septiembre 29, 2008

DÍA SEGUNDO


Insistí contumaz en acudir a la Biblioteca Nacional de Francia, con el ansía inflamada ante el próximo encuentro con sus fondos bibliográficos y fotográficos. Lara transigió benévola, como haría durante toda mi estancia, como siempre ha hecho. Al menos, supongo que pensaba, está en el Barrio del Marais (su preferido). 

Al llegar comprobamos con desesperación que tan egregia institución, tan elevado almacén, cierra una semana al año por motivos, sin duda, elevados. Y ¿a qué no saben qué semana ha tocado este año? Pues sí. Precisamente aquella en que yo había dado en pasar en la ciudad del Sena. Pueden imaginarse mi rostro congestionado, no se sabe si por la ira, o por la vergüenza de no haberme enterado de tan importante noticia. 

Para consolarme, Lara me aseguró que en las proximidades había una galería de photographie ancienne que podría resarcirme, algo, de mi disgusto. Al llegar al dicho lugar prometedor, comprobamos que no abría hasta las tres de la tarde, motivo por el que decidimos quedarnos en las proximidades para pasar después de comer. 

Decidimos pasear, tal vez con al esperanza de que se me disipara el mal trago de la Biblioteca, y llegamos a una de aquellas galerías cubiertas que dicen las guías de viaje que son “características del lugar”. Héte acá que topamos con una maravillosa librería de viejo en la que metimos las narices hasta el fondo, durante largo tiempo (Librairie F. Jousseaume). 

Salí de allí con una guía de viaje de l`Espagne, escrita en aquellos años en que en aquél país tan peculiar, había una República, la segunda, al decir de los lugareños. Un texto repleto de tópicos deliciosos con los que no hay forma de identificarse (¿no pasa lo mismo  con los horóscopos?).

...

Hay constancia fotográfica del hecho porque alguien tuvo a bien hacerme una toma en la que aparezco en los jardines del Palacio Real leyendo el susodicho libro. He de poner en su comunicación que el disparo no fue motivado por la admiración, o por la curiosidad, ni siquiera por un leve afecto, sino que fue realizado tras una súplica recalcitrante que no tiene justificación alguna y que incluía un torpe posado. 

Es algo que me pasa habitualmente. Sin no lo pido, no hay Dios que me haga una foto. Tengo en mente relatar este rasgo de mi persona en verso alejandrino. Revelaré la frustración de quién siempre detrás del objetivo no encuentra quien le retrate. Haré relación minuciosa de las causas: un perfil insostenible, una frente arrugada, una nariz inconcebible, unas orejas inconmensurables, una barbilla austriaca, un belfo equino, un gesto siempre esquivo, unos ojos hidrópicos, unos pómulos psicóticos. Afotogenia: grave trastorno genético que de no saberse tratar a tiempo redunda en crónico.

...

Se nos hizo la hora de comer y lo hicimos en un también “característico” restaurante judío. Una especie de “bocata” de esos en los que te pone la carne en los kebab, pero repleto de cosas judías. Unas bolas rebozadas de no sé qué especie de puré de garbanzos. Esto tiene un nombre, una forma de hacerse entender con precisión. Pero, y no es que desee que no me entiendan uds., nada más lejos de mi intención, resulta que enterarme de cual sea el dicho nombre me va a suponer un esfuerzo tan ímprobo que no merece la pena (como todo esfuerzo de tales magnitudes).

Ya satisfecha nuestras necesidades nutritivas volvimos a aquella tan prometedora galería de fotografía antigua. Inauguraban una exposición compuesta por fotografías, dibujos y pinturas, de un artista de cuyo nombre nunca tuve intención de acordarme. Un tipo encantado con los tipos, a los que retrataba con una mirada sugerente y atractiva... para los tipos. Y allí estábamos Lara y yo, heterosexualmente inadaptadas al medio reinante, haciendo pasar ante nuestros ojos grandes formatos en blanco y negro, de grandes maromos dispuestos para la lascivia de otros maromos igualmente grandes, aunque algo más envejecidos (tal era el público). Y yo que pensaba encontrarme retratos de militares embigotados, madres con sus niños, familias con bombín, edificios viejunos, paisajes paradisíacos... 




DÍA PRIMERO


Me dirigí en autobús hacia Bilbao. Una vez allí, cogí el correspondiente hacia el Aeropuerto. Ya en tan egregio lugar, me comí un platano, cuya monda lironda no pude tirar a la basura porque, por motivos de seguridad, no hay papeleras en el recinto. 

La seguridad, ya ven, nos ha vuelto, además de paranoicos, un poco guarrillos. 

De Bilbao, volé a las tres de la tarde hacia París, para aterrizar en el Aeropuerto de Orly, donde dí con una navette que por el módico precio de 6 euros (¡) me llevó a una boca del metro de la línea 7. Sumida en el submundo di con mis huesos y mi maleta en el Kremlin-Bicetre dónde, a pesar de mis continuos temores, supe encontrar, ¡tan familiar me resultó todo al primer golpe de aire!, el hogar en que mis amistades me acogían. 

Claro, que mis acogedores amistades no estaban en casa, motivo por el cual, tuvieron a bien haberme proporcionado anteriormente las llaves que me franquearan su espacio de habitación habitual. 

Tuve un pequeño problema con la clave de acceso al portal. Por más que presionaba los números indicados, aquello no cedía. Gracias al cielo protector, que sin duda velaba por mí, un vecino saliente me permitió acceder y llegar a mi destino, en el que decidí restar queda pues tan peliagudo había sido alcanzarlo.

Me hubiera gustado salir a comprar unos crusanes con que honrar a mis benefactores a su llegada, que no habría de ser mucho más tarde, y en su lugar me salí al balcón a fumar, a asomarme para recibirles con gritos de alegría al verles cruzar la calle y a escribir unos extraños garabatos, bien poco inspirados.

...

Sepan, para terminar el relato del día de mi llegada a París, que el frío de la terraza y la oscuridad de la noche que se avecinaba sin remedio, me obligaron a volver al interior de la casa. Así que no pude gritar alegre desde el balcón, cual Heidi treintañera, para recibir a mis amigos. En su lugar husmeé sin pudor la biblioteca del salón. Aprobé el gusto de mis amistades e inicié la lectura de El jardín de las dudas, de Savater, en el que estuve sumida, suspirando por Voltaire, toda mi semana parisina.



Relación del viaje


Siempre he tenido un particular aprecio por los relatos de viaje: Aquellos escritos minuciosos que narran las aventuras surgidas en los más grandes y azarosos transcursos. Desde La Odisea hasta La vuelta al mundo en ochenta días, he procurado devorar con devoción el difícil deambular de mis héroes por los más exóticos parajes. 

Más de una vez, yo misma, llevada por ese purrito extravagante que me enrojece las carnes, he tenido el atrevimiento de escribir mis avatares en tales circunstancias, sin ningún éxito. 

Sea por que mis salidas del terruño han carecido del más mínimo interés, sea porque no me alcanza la pluma (oissss) para darles a los eventos la perspectiva que los haga atractivos, no he sabido superar la monótona enumeración de horas y medios de transporte, de puntos de partida y destinos pasajeros...

viernes, septiembre 12, 2008

SEPAN

cuantos la presente vieren y entendieren que 

yo

Remedios Barto


Reina de los Desamparados, de las Indias (y los indios) orientales, marquesa de la Pampa (¡pamplinas!) y señora del primer valle por el que pase:

Parto este lunes, 15 de septiembre del año que nos corroe, a Bilbao, para desde allí volar a París.

Que en París volveré a negarme a subir a la Torre Eiffel y a peregrinar al Pere-Lachaise, con la esperanza de propiciar así “la próxima vez”.

Que allá estaré hasta el siguiente lunes, 22 de septiembre del año que sigue corroyéndonos, en que volaré de nuevo, avión mediante, a Barcelona. 

Item más, que a la fuerza habré de toparme con La Mercé, señora, al parecer, de mucha enjundia, pero a la que no sabré que decir por aquello del idioma.


Y que cuando regrese, pues siempre vuelvo, tal vez en autobús, tal vez en tren, por mucho que lo haya intentado, no seré ni más sabia, ni mejor persona.

Y que, por ello, me rasgaré las vestiduras y mesaré mis cabellos, lloraré amargamente y no encontrarán consuelo mis orillas. 


Y para que conste lo firmo y rubrico con este sello de placa.



jueves, septiembre 11, 2008

Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Qué poco mundo tenemos, Manolo...

- ¡Que me llamo Jaime, joder!

- Perdona chico que me he inquivocau.

- ¿Te gustaría, a caso, que yo te llamara Lola?

- Ni siquiera me has preguntado el nombre, así que no me vengas ahora con remilgos. 


- Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Y que lo digas, reina.

- ¿Para qué habremos salido del pueblo, si nos ha dado lo mismo?

- Lo mismito, vamos. Igual aquí que allá.

- Si cada vez que viajamos, para ver mundo, no nos enteramos de nada.

- Tienes razón.

- ¿Recuerdas, a caso, como era la catedral de Beauvais?

- Mucho grande, mucho grande y zás, se les cayó.


- Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Ay, Eloisa, ay.

- Apenas venimos de nacer.

- Y yo, sin embargo, ya te quiero para toda la vida.

- Manolo, Manolo, que no nos quitamos el pelo de la dehesa ni con caramelo hirviendo.

- Querida, yo no te quitaría ningún pelo del cuerpo, ni esos hirsutos que díscolos se yerguen en los momentos más inoportunos.

- Manolo, Manolo para el poco mundo que tenemos hay que ver lo que gozamos.


- Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Poco, muy poco.

- Mira que a mí eso me frustra mucho

- Pues no te de frusfrus por fruslerías, cariño.

- Si es que no me entiendes. No comprendes que el verme tan raquítica me destroza el alma.

- Sin exagerar, que buenas carnes te cuelgan, que bien lo sé, que con ellas me satisfago.

- Ves, lo que yo decía...


- Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Y cómo se aprovechan de nuestra ignorancia.

- Date cuenta de que no hace falta tener grandes cualidades para chuparnos las entrañas.

- Luego tenemos menos mundo aún del que pesamos.

- Pero ¿pensamos?

- Va a ser eso.

Reincidiendo sin remedio

martes, septiembre 09, 2008

Virtudes sin remedios.



Poseo una extraña virtud, a la que encuentro tantas ventajas como inconvenientes: No tengo ninguna credibilidad.

 

Cuando aún practicaba el noble sacramento de la confesión el santo padre que escuchaba mis pecados en lugar de darme la absolución se negaba a reconocer la gravedad de mis faltas. Pero... balbucía yo... Y él, magnánimo, me cacheteaba la mejilla y, burlón, me despachaba sin oraciones de encargo. 

Yo no sabía si quedarme aliviada por mis bondades o maldecir a aquél cegato que no me limpiaba las culpas meas.


Hoy, voy sin pudor declarando mis amores, porque los afectados reciben el mensaje como otra gracieta más y no se dan por aludidos. Esto me libra de otorgar las múltiples satisfacciones que prometo en mis ardorosas palabras, hercúleos trabajos imposibles. Pero me deja, también, tal cual me ven, con el espíritu harapiento.

Y así sigo. Lanzando requerimientos sin ton ni son bajo la salvaguardia de que nadie se los toma en serio.

Confío en que así sea por mucho tiempo. Porque el día que alguien, inocente, me someta a consideración sincera ¿cómo saldré del brete?


viernes, septiembre 05, 2008

Zorpreza...



¿Recuerdas? Amenacé con hacerlo. 
Hecho queda

jueves, septiembre 04, 2008

Memento...

Esa puerta...


Me acabo de dar cuenta de que hay un montón de cosas que me pasan abriendo una
puerta
No siempre es la misma puerta, pero siempre es una puerta
Esto me ha hecho reflexionar seriamente y plantearme la posibilidad de no volver a abrir una puerta nunca jamás. 
Pero me acabo de acordar del bueno del Dr. Malcolm Crowe y he tomado la determinación de dejar de comportarme como una gilipuertas. 


NOBEL



Abrí la puerta y allí estaba, en mitad del pasillo, con las orejas en punta, ladeando la cabeza como diciendo “ah, eres tú”. Dejé precipitadamente los bártulos en la cocina y cuando regresé, correa en mano, ya no estaba.
Nobel, Nobel, grité. Miré en la habitación de Julia y ví sus cuartos traseros asomando por debajo de la cama. ¿Cómo diantres será capaz de colarse por tan estrecho recoveco?
Renuncié a mi bipedismo habitual y reptante le enseñe la correa. Mira, mira, vamos a la calle. Con displicente parsimonia me ignoró. Pero Nobel, bonita, cosita de mamá ¿no te apetece salir a dar un paseíto? Ni un leve bufido de negación, ningún gesto que permitiera corroborar mi presencia.
Está bien. Me recompuse con la dignidad herida y recordé que lo que más me gustaba de Nobel era precisamente su faceta epicúrea. Esa capacidad suya de no prestarle atención a nada. Ese eterno vivir hecha un ovillo, sin más preocupación que no tener preocupaciones.
Decidí intentarlo después de comer y comí intentando no ruborizarme por el desprecio sufrido. Convertí cada batir de mandíbula en un arrebato de autoestima y cada ascensión descendente de mi glotis en una tranquilizadora reflexión.
Con los postres llegué a la conclusión de que aquella perra me tenía manía, me odiaba pero ¿por qué? Qué le he hecho yo, sino admirar su saber estar no estando. Me derrumbé. Y con lágrimas en los ojos le supliqué que perdonara cualquier agravio cometido. Se relamía los bigotes, sin decirme nada. Nobel, por favor, dime qué te hecho para que así me maltrates.

No encontré respuesta.

Es lo que suele pasar cuándo le hablas a una perra. Que no te responde.

jueves, agosto 28, 2008

TABERNAE

Hay aquí, como en otros tantos lugares, cantidades ingentes de bares, tabernas, pubs y sitios varios donde hundir las miserias en alcohol y en la mejor compañía. Cuando vine para estudiar, y de eso hace ya bastante tiempo, unos once años, no me interesaban en absoluto aquellos antros de perversión en los que olvidarse de las responsabilidades. 

En lugar de menear el esqueleto y olisquear el esternón de los comprades procuraba yo mejorarme con el estudio y el contacto con seres elevados. Y esto hasta en verano, en que me apuntaba a variados cursos estivales, algunos de los cuales me permitían entablar fructíferas relaciones con gentes de allende los Pirineos. 

Consideraba yo a los gabachos, y creía que con fundamentadas razones, más listos que nadie. Habían hecho miles de revoluciones y gozaban de un bienestar social envidiable. Con ellos departía amigablemente buscando aquél atisbo de progreso que tanto necesitaba. 

Claro que, los franchutes en cuestión, venían aquí de misiones. A pasárselo bien comiendo tortilla de patata y bailando flamenco (¿flamenco aquí en el borde de la meseta?). Venían en busca de la España negra de pandereta y aunque nada quedaba ya de aquello, lo encontraban. ¿Será posible? 

No supe yo de la existencia de aquella taberna castiza hasta que no me llevaron los progresistas aquellos. Está escondida en una esquina oscura y nadie, en principio, se atrevería a atravesar su umbral. Es un milagro de la conservación que ha resistido el embate de los tiempos. Allí se reúnen tipos variopintos a beber, tocar la guitarra y cantar melodías hermosas, rescatadas de las gargantas de Machín. 

La taberna en cuestión muere ahora de éxito. Repleta hasta la bandera es imposible ya acercarse a disfrutarla. Su principal virtud es, sin duda, su capacidad evocadora. En la era de las discotecas Pachá, era un reducto de calma chicha. En los tiempos de Second Life, un espacio tangible. Más que cualquier catedral o cualquier clase de historia, es el pasado vivido en el presente.

Y yo supe de su existencia por los franceses, que vienen aquí, todavía (y ved si ha llovido desde Gautier), a buscarnos el exotismo que ya no tenemos (¡qué nunca tuvimos, joder!). ¡Serán cabrones! (¿Haremos nosotros lo mismo cuando viajamos a Cuba, por ejemplo?)


Y es que la nostalgia es una cosa mucho mala, porque es fuerte e irrefrenable ¿Qué podemos hacer para no rememorar continuamente el pasado idealizado? Nos pervierte la visión del mundo y exalta a la Bruja Avería, los dictados y las botas catiuscas, en detrimento de los mensajes de móvil sin vocales y las horas consumidas en la Play Station.

 

Ahora, once años después, me arrastro por las noches de garito en garito y tiro porque me toca. Mis huesos y carnes tolendas se depositan con cronométrica precisión en cada uno de los sitios conocidos, sin ansias ninguna de abrirse a “nuevas experiencias”. Que son las once, una cerveza aquí. Que las doce, un copazo allá. Que la una, un baile acullá.  Con sorpresa vengo percibiendo pequeños cambios en mi cotidianidad, introducidos como quién no quiere la cosa, pero que a mí me laceran como una ofensa escupida entre ceja y ceja. ¿A qué viene forrar nuestros tradicionales contoneos de las dos y cuarto con esta mierda de publicidad de Bacardi? Oh, sí, seguro que molan un mazo todas esas pantallas en las que se repite la misma puta escena todo el rato, como si el pobre Sísifo estuviera condenado a darle al play toda la vida. Sí, sí, y que “tecnifiquen” todas las canciones bombardeándolas con chundaschundas es genial.

Vamos a ver si en aquel sitio en que nos ponen la música de las verbenas se nos pasa la taquicardia. Y, oh sorpresa, al encontrar en aquel lugar a las mismas personas que estaban en el otro, estropeando, a mis ojos ebrios, el ambiente. Ambiente.

Me casaría en Soria. Pero, quiá, si en realidad lo que me jode es no haber sabido evolucionar y no lograr encontrarle el encanto al Second Life. Igualica, igualica que su padre, oiga, que de cada cinco veces que tiene que responder al móvil acierta una y de casualidad.

miércoles, agosto 27, 2008

Con V de Vendetta

Este post está dedicado a uno que, sin faltar a la verdad, me ha llamado fea. 
A mi lista de atributos puede añadir el de mepicocomounamona.




Acá el llamado "Hipopótamo bailarín" o "Hipopótamo Tra Tra", en ningún caso denominado obsceno.


Y ya puestos a homenajear al personal...





¡Joder lo que me estoy riendo!


martes, agosto 26, 2008

Desmemorias

Al principio creí que sólo tenía alguna laguna en la memoria. Era bastante el tormento, aún así: no saber dónde se estuvo ni qué se hizo durante extraños lapsos de tiempo. Pero llegué a asumirlo como normal, fruto inevitable de las ingestas alcohólicas. Se bebe para olvidar y en lugar de eso, de erradicar la angustia, permanece ésta para añadirse a la que producen los blancones de la noche oscura. Bueno. Vale. No es el remedio. Pero aquí a mis colegas les hace hasta gracia... ¿cómo es posible? se preguntan divertidos.  

Pero ahora, entre los vacíos del recuerdo se mezclan imágenes oníricas a las que no sé si debo dar crédito o no. ¿Lo soñé o pasó? Y como tengo la mala costumbre de disolverme en la soledad, de separarme del grupo para aislarme brevemente y resurgir más tarde como si nada hubiera pasado, no tengo testigos que me lo corroboren. 

¿Me cogieron de la mano y yo no dije nada? ¿Me recriminaron la conversación cuándo locuaz de nuevo recuperé el habla? Por qué si nada pasó tengo la conciencia cargada de extraños vapores que arañan, que escuecen. 


Tíos, qué bueno...

Qué no, qué no. Definitivamente no me gustan los tíos buenos. Esos tórax depilados. Esos brazos perfilados con cincel. Las sonrisas brillantemente burlonas. Brad Pitt estropea todas las películas en las que aparece. ¡Jesucristo! ¿quién se cree a ese Aquiles llorando? Cómo se puede llorar tan mal. Por Dios. Se salva Héctor, porque su mirada estrábica se pierde irremisiblemente, y evoca pensamientos oscuros, lejanos, inalcanzables (soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte, etc.).

¿De dónde diantres sale tanto cuerpo danone? Dónde encontrarle el encanto al mármol idealizado, al bronce seco de los efebos griegos. 

Ven tú, desarrapado, que en tu mirada parece asomar la chispa de la inteligencia, aunque sea fugaz, como fugaz lo es todo, hasta el pensamiento acertado y lúcido. Tú que tienes algo que te distingue, eso que es de verdad, que no se lo ha imaginado el artista para sacarlo del bloque pétreo de Carrara. 




P.S. Como bien pueden imaginar yo tampoco les molo nada, ni un pelo, a los tíos buenos ¿estaré despechada?

miércoles, agosto 13, 2008

MADRID Y AGOSTO

Si a cualquiera de uds. (ya sé que no son muchos, y que la mayoría son conocidos, pero bien saben que me pierden las retóricas hueras) les ofrecieran ir en Agosto a Madrid no dudarían en negarse rotundamente: Vamos por Dios. Todo el mundo (que puede) se va de la capital en tales fechas ¡por algo será! 

Imagino que las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y la Blanca Paloma, allí en eso que llaman el Distrito Centro y que es a saber lo más castizo del casticismo (las delicias de Unamuno), no sería suficiente aliciente para uds. los sabios que se agostan en la costa. 

Pero resulta que a algunas, a nosotras mismas, por ejemplo, Lavapiés nos fascina. Desde que supimos que era algo más que una calle del Monopoli y mucho mas que una constante televisiva no vacilamos ni un instante en acudir a mirar al sol allí dónde el sol tanto aprieta. Que hasta a las ocho de la tarde eleva la temperatura a cuarenta y subiendo. 

Sudando, picadas por miles de mosquitos, avergonzadas de nuestra escasa capacidad de  remar, tiradas en el sofá suplicando al ventilador que por favor se acelere, incapaces de hacer funcionar un tocadiscos (qué pronto se nos olvidan los aprendizajes de la infancia), recordando viejos tiempos y augurándonos un futuro lleno de gatos, hemos consumido un fin de semana en la capital del reino.

Y será la ignorancia, o el pelo de la dehesa, pero los madriles son flipantes. Todo fascinante. Desde le hippi de verbenas que te pide tabaco y no hace más que eso, el cabrón, pedirte tabaco, hasta el rastas insensato que apaga el suyo en nuestro catxi (mini lo llaman allá). Desde el tipo ese de Cuenca que cosecha en Lerma y al que no se encuentra nada más que decir, por mucho que se piensa y se repiensa, y se vuelve a pensar. Hasta aquellos otros que llevan una camiseta de Criticar X Criticar y que si fueran en busca de Bisbal pues ni tan mal, pero yendo a por tecno..., la cosa cambia. 

Y así, con los ojos como platos, fotografiándonos en todos los escenarios posibles, con la regla jodiendo la marrana, hemos estado haciendo la nada como el más elevado logro. 

Me ha dado por llegar a la brillante conclusión de que la culpa no es de Madrid. Ni del calor. Ni del barquero que no da instrucciones. Ni de la inflación. Ni del mercantilismo. Ni del terrorismo de Estado en Colombia. 

Lo siento, chicas, no sé por qué, pero la culpa es nuestra. 

Che, boludo, no sos vos... etc.


JACK DANIEL'S

Abrí la puerta. Frente a mí un hombre, enorme, de piel tostada, en traje negro, con los dientes de la sonrisa blancos y blanca la corbata.
- Este es mi amigo de Tennessee, Jack Daniel's - me dijo Ana, colgada de su brazo.
Me quedé paralizada admirando aquella construcción inverosímil ¡quién podía haber traído al mundo a una criatura tan perfecta? Caí al suelo de rodillas y casi con lágrimas en los ojos logré balbucir algo así como “encantada” o “encandilada” o “en todo lo lo que quieras, hijomíodemivida”.
Él soltó una risotada que me retumbó en las costillas, dejando ver su lengua rosa, mullida. Hizo ademán de rescatarme de mi indigna posición cuando ya trepaba yo por sus solapas buscando ansiosa mejillas con las que cumplir el ritual. Era todo un caballero, sin duda, pues las ofrecía dadivoso, aunque sin dejar de reirse.
- Pase, pase, señor Daniel's - añadí a continuación con la libido enrojeciéndome el rostro.
- Ah, pero no, por favor, tutéame y llámame Jack.
Tenía la voz grave de los cantantes de Soul y un leve acento extranjerizante que invitaba a ofrecerse con logopédica disposición.
- Lo probarás ¿no? - añadió Ana.
Aún guardaba en mi paladar el gusto dulzón y empalagoso de la tarde con Etxeko. Aquél navarro pelirrojo, con las endrinas tan bien puestas, que acostumbra a ahogarme las penas. El nuevo manjar se me antojaba demasiado elevado para mis rústicas costumbres. Así que dudé.
Y mientras dudaba y dudaba, me ofrecí a quitarle la chaqueta, que hace calor. Y a aflojarle la corbata, que estamos entre amigos. Y ¿por qué no? a deshacer, definitivamente el nudo y desabrochar los primeros botones de la camisa comprobando que el bronceado es homogéneo. No dudes en remangarte si estás más cómodo y si quieres puedes seguir con los botones...
Recuerdo que sonaba música de los años ochenta. Grandes clásicos que soy incapaz de identificar ¿Dónde diantres estaba yo en tan señaladas fechas? Hay que joderse, que le pongan a una un Jack Daniel's a ritmo de The Doors y sólo pueda acordarse de la gilipollas de la Susanita y del imbécil de su ratón.


jueves, julio 31, 2008

FRÁTERES

Ayer descubrí que mi otro hermano me ha descubrierto en la Red. No fue difícil: Me llamó por teléfono para decírmelo. Lo curioso del caso es que yo le anuncié la existencia de este mi blog hace siglos y va el tipo y se me desayuna a estas alturas... 
Otra lanzada más contra mi vanidad. Yo exponiéndome divina ante un público que no me echa un ojo ni por casualidad. No me negarán que como cura de humildad es eficacísima. 
Cuando empecé esto, tenia la vaga esperanza de que el anonimato sacara de mí el lado oscuro que todos los jedis llevamos dentro. Creí que amparada bajo un pseudónimo sería capaz de desnudarme como el Robbie Williams en el video aquél (en el que tampoco le hacían mucho caso, la verdad). Ya saben, confesar los más profundos e irreverentes pensamientos. Subvertir, por fin, todos los valores. 
Pero, claro, al final ha resultado que no tengo nada en lo jondo.

 

No he logrado advertir ninguna anomalía extraña en mi ser. Vaya mierda. Soy una bloggera normal, que no cumple con los plazos impuestos por su propia voluntad (?), y que no logra hacer atractiva, ni por asomo, su diaria cotidianidad, ni aún la nocturna y alevosa. 
Y ni siquiera tengo una afición friki, en plan comics o pelis de serie B, que compartir con gafapastas sesudos. 
Tampoco me encuentro ninguna vena poética que desgarrar sanguinolenta y dejar brotar sin sentido (¿aparente?) ante los ojos estupefactos de cualquiera. 
Vaya mierda: No tengo encanto, encanto.

miércoles, julio 30, 2008

No hay que tomarse la vida demasiado en serio. De todas formas no saldremos vivos de ésta

Siempre me ha gustado tomarme a broma. Pero, me caso en Soria, últimamente no me encuentro la puta gracia.

jueves, julio 24, 2008

Qué raro ¿no?

Estoy un poco mosca.
Porque entiendo perfectamente que cuándo alguien se enamora esté feliz como una perdiz. 
Pero me cuesta entender eso de alegrarse con el enamoramiento ajeno. 
Vamos, que estar feliz como una perdiz porque otra persona se ha enamorado ¿en qué cabeza cabe?
Me parece un poco raro ¿no?

miércoles, julio 23, 2008

Sexofobia

La sexofobia es un extraño mal que, por lo que se sabe hasta el momento, sólo afecta al sexo y género femenino. 

Se está indagando últimamente sobre si hay sujetos de otros sexos y géneros también aquejados de tales padecimientos. 

Su diagnóstico es difícil, pues quien lo sufre no suele reconocerlo, no por dignidad, que bien pudiera ser, sino por lo inverosímil del hecho. 

Habitualmente se presenta de forma más o menos clara tras largos períodos de inactividad. Bien es cierto, no obstante, que la dicha longitud temporal es muy variable. Hay quienes ya sufren los rigores de la incertidumbre tras un par de meses (o semanas) y quienes no se aperciben de ellos hasta pasado un año (o varios, o muchos, incluso). 

Lo realmente curioso es que se puede dar también en personas desde la más tierna infancia. Que esto sea fruto de la genética o de la cultura queda aún por dilucidar. 

Como indica la etimología los síntomas son cierta aversión al ayuntamiento carnal, no por deseo expreso (no hay voto mediante alguno), sino por una acumulación de pudores inexplicables.

En la actualidad se exponen en el mercado multitud de remedios, bagatelas sin sustancia destinadas, como todo en el mercado, a sacarnos los cuartos. 


Ha llegado a mis oídos que un generoso gurú, misterioso y difícil de encontrar, ha diseñado una terapia, totalmente gratuita, que se adapta a cada caso como un guante. 

Las informaciones proceden de fuentes my diversas y son, en ocasiones, contradictorias. Vengo recogiendo noticias por doquier que hacen referencia a ejercicios continuados que van desde miradas insistentes hasta profundas penetraciones, desde lustros consagrados a una paulatina adaptación hasta terapias de choque ciertamente impactantes. 

Sea como fuere es preciso no olvidar que cualquiera de sus vecinitas de enfrente podría, la pobre, sufrir en silencio la enfermedad. Tampoco la más insinuante diosa de la pista, esa que parece estar llamándote con el movimiento sinuoso de sus caderas, tiene por que verse libre de tan odiosa afección. Tras el escote más sugerente puede ocultarse la más triste sexofóbica. 

Sabe pues, atrevido conturbador, que habrás de proceder en consecuencia. 

Baños de Sol

Vivo aquí, dónde cada verano me pican miles de mosquitos y dónde, a causa de los cambios de temperatura, cojo siempre un buen catarro. Como este. 


Oigan que toses más estertóreas y escandalícense con la mocada que me supura. 


ASÍ arrastraba mi cuerpo triste la mañana del sábado, tras los pasos de Julia, al encuentro con Natalia. Pobre Remedios, decían ambas mientras coquetas se probaban sandalias rebajadas. Pobre. 


Compasivas me sentaban en las terrazas e intentaban animarme despotricando contra todo el que pasaba ante nuestra vista. Mala costumbre esta, fundamentada en el ocio callejero, rezongué malhumorada. Un buen baño de sol, concluyeron, en la soledad del Cerro, podía disiparme los males y dorarlas a ellas al mismo tiempo. Sea, asentí. Vayamos esta tarde. 


Subimos al Cerro y acomodamos las posaderas en un pequeño claro junto al camino más obvio, tras haber dado una vuelta en balde, eludiendo mirones y cúmulos de mierda juvenil depositados a cada paso.

- ¿Y tú bikini, Remedios?

- ¿Mi bi qué? - Estupendo, pensé, había que traer bikini. - ¿No es suficiente con haber cortado los pantalones vaqueros?

Ahí estaba yo, ejerciendo de pálida mujer blanca, con unos vaqueros rancios y mal cortados, y una camiseta roja sin mangas con la que un 18 de julio reivindiqué la República. Untada hasta el tuétano de crema protectora del cincuenta, con las gafas de sol adheridas a la nariz y el gorro calado hasta las orejas. Un cuadro, dramático o cómico, según se mirara. 

- ¿Ni si quiera has traído la parte de arriba? - Natalia continuaba atónita, preguntándose de dónde había salido aquél personaje tan incapacitado para tomar el sol. 

- Ah, pues yo me pienso poner en tetas - añadió la pequeña Julia que ni corta ni perezosa...

¡Jesucristo! Qué dotación ¿por qué diantres está tan mal repartido este jodido mundo? A punto estuve de clamar justicia social, pero preferí hacerme la interesante sacando los dos libros que me había traído para leer alternativamente. 

Con el fin de que no pareciera que había ido yo a boicotear la toma, deje  sumisa que mis colegas me forjaran la postura.

- A ver, Remedios, hija, así no te va a dar el sol. Ponte bien, mujer. 

- Hablando de soles ¿hacia dónde va a ir?

- Se pondrá detrás de la colina, por ahí - señalé, comprendiendo cuál era mi función en tan curioso trío.

Y sosteniendo la incomodísima posición en que me habían dejado, cara al sol, para más inri, comencé a deleitarme en mis lecturas vespertinas. Alternando a Ramírez y a Savater, para cultivarme y elevarme a partes iguales, para terminar con mis males sin volverme loca, para dejar de rayarme finiquitando lo empezado, sudé la gota gorda y me llené el trasero de yerbajos secos y punzantes. 


Al final el sol se puso algo más a la derecha de lo que yo había dicho, pero como ni Julia ni Natalia se habían fijado bien en mis indicaciones, les dió por admirar mi ojo certero (o, tal vez, querían disimular mi fracaso). Si es que Remedios sabe de estas cosas. Y yo, que ya había hecho bastante el ridículo, no les saqué de su error.  Para enfatizar aún más mi buena disposición, sin faltar a la verdad, aseguré que la tarde de soles me había sido muy reparadora. 


martes, junio 03, 2008

Era un seter, irlandés, y me llamáis borracha a mí...

Una vez, yo, saqué a un perro a las seis de la mañana. Por supuesto, estaba borracha, Amparo. El animal, pelirrojo, como un bárbaro medio, me tiró al suelo nada más cruzar la carretera. Eso he de agradecérselo, al menos tuvo la delicadeza de estamparme contra la acera. Sé que los defensores de los bichos dirá que no fue suya la culpa y que era evidente que mi sentido del equilibrio flotaba vertiginosamente entre burbujas de cerveza. Pero yo no me apeo del burro (ya me perdonarán mi cabalgadura los defensores de los bichos pero así garantizo su cuidado y, sobre todo, la perpetuación de la especie): Fue él quién advertido de mi ebriedad quiso darme un escarmiento. 
Me partí el alma y el orgullo. Mis amistades, que no lograron impedir el accidentado paseo, por más que intentaron impedirlo ("dejazme, dejazme... que yo conttrrolooo") se rieron a gusto y sus correspondientes requiebradores (siempre tienen, al menos, uno a cada lado) lo fliparon, según citan las fuentes.
Perdí el móvil, cómo no, o me lo incrusté en el torrente sanguíneo, que es otra opción. El caso es que el soporte telefónico no apareció. Cariño, puedes llamarme al mismo número, pero te advierto que si me pillas en el hígado no tengo cobertura.

viernes, abril 04, 2008

Si me rehabilitas...

Oh... ( y se mesa los cabellos ), Oh y Oh, ( mientras se arranca los ojos ) o, infausto. Mezquino y abyecto ser del Averno ¿Cómo te has atrevido? ( grita desesperada primero, y luego más desesperada todavía). Oh, vil cortesano maquiavélico, famélico iluminado, oscuro nigromante, estúpido trepamuros, Oh, Oh ( llora lágrimas de sangre, recordemos que se acaba de sacar los ojos ). Misérrimo. Lúgubre. Tañedor de caramillo. Pastorcillo hediondo. Mister Universo fondón. Rojo follarín. Cerebro de lagartija, polla insaciable. ( coge aire, obviamente no sabe muy bien lo que dice, y como se está viendo, no tiene ni puta idea de adjetivar sustantivos insultantes )

Yo, que arrastré mis trenzas por el páramo. Yo, que he renunciado a mis córneas, miopes, después de la muerte (no me des clases de anatomía ocular, ahora no, calla y escucha). Yo que te desdeñé cuanto pude para obtener tus requiebros tengo que sufrirte ahora en brazos de otra. 

Oh, infausto corazón, aciago día en que tal imagen acudió a mi vista. Ni aún ahora que renuncio a mis globos (los oculares, los otros sigo cultivándolos con primor y algún día, quién sabe, hasta con silicona) puedo evitarla. 

Ah... quién me castiga. Quién así me zahiere y me veja. Quién me pone la pierna encima. 


Aplausos


Gracias, gracias, muchas gracias queridísimo público. Muchísimas gracias. Agradezco el afecto de la concurrencia. Aunque me gustaría obtener el de los que no concurren. Y no se me ocurre nada más. Muchas gracias, gracias, queridísimo público. 


La diva se dispone a abandonar la sala cuando surge de entre bastidores, hecha un basilisco, Amy Winehouse. No se sabe muy bien lo que dice, porque lo dice en inglés, pero es probable que la esté llamando aficionada de tres al cuarto, y añada que no tienen ni puta idea de llorar, que no sabe lo que es que se sequen las lágrimas y que vaya una mierda de lamentación. 


El respetable pide Rehab.




Yo, soy el monstruo de tus entrañas, tu dolor de tripas, tu intestino hediondo. La tigresa que te araña y tú, lo único que quieres es "que me coma el tigre que me coma el tigre" .

martes, abril 01, 2008

A mí, que no valgo nada

31 enero

El operador situó con cuidado la cámara oscura sobre su trípode. Me indicó dónde debía ponerme y me sugirió amablemente que adoptara una pose natural. Ante mi azoro se mostró tranquilizador, disponiendo mis miembros de la forma más idónea. Esto no es muy natural que digamos y ambos reímos por lo incómodo de la situación. Estaba claro. No había forma de hacerme una foto decente. Decidimos esperar a la llegada de la instantánea y de las cámaras de pequeño formato. Me juró que entonces lograría recogerme furtivamente, sin que advirtiera su alevoso disparo. Yo le reté a que me encontrara el lado bueno, o el salvaje. Para amenizar la espera tomamos té con pastas, en una mesita adecuada a ello, en la única esquina oscura del estudio: junto al arpa dormida. Teníamos años para buscarnos los ángulos antes del instante decisivo.

Desvanecida

28 enero

Velada entre las sombras me contemplo. Pulo la plata, galvanizada. La sigo puliendo, hasta que su superficie sea cristal. Alguien estornuda ostensiblemente y de forma continuada. Estoy en el Paraíso. Y para llegar hasta aquí no me han hecho falta tetas. ¡Viva Lavapiés! Yodo para sensibilizar la placa y arcanos a la sombra de una vela para acertar con sus justo color. El alquimista, impaciente, sigue los pasos. La toma es lo de menos. Dos pastillas al día, serán suficientes. Cuidado, sólo es sensible a la luz azul. Mayo, con sus flores, es el mes más propicio. Y lo del revelado de la imagen que late oculta, pulsando por salir de la luz, mejor ni lo cuento. Pues los efluvios del mercurio me marean. Por eso siempre fui más amiga de Marte, que del que me toma las temperaturas. Adiós, amigos, adiós, muero presa de los vapores. Víctima de una imagen de plata. Nunca llegaré a ver el gelatino-bromuro. Oh, destino cruel, aciaga vida. ¿Quién escribirá la novela de mi vida? Dama de alta alcurnia fallece en extrañas circunstancias al confundir su laboratorio de daguerrotipia con una consola en la que no halló consuelo. Fotógrafo celoso asesina a su amante, en presencia de su esposa, trepanándola con el canto de una afilada placa de plata. Vieja curandera de oscuro pasado maldice a todo aquél que retiene el tiempo en imágenes por contravenir los designios de la Naturaleza.

¿Quién va a ser el guapo que me obligue a poner un título?

24 enero 

Ah... Por fin un día de buen humor. Voy a terminar suponiendo que las crisis me vienen y se me van (veeeeeete de mí), igual que los catarros: Sin que alcance a saber por qué, ni cómo. Esta vez a sido la de los Treinta. Recién abandonado el trauma provocado por la salida del útero materno y caigo en la autocompasión característica de los nacidos bajo el signo de la Democracia. Ahora he de prepararme para la de los Cuarenta. A ésta le daré un sentido bíblico, para hacerla aún más dramática. Empezaré por sentirme elegida por la Desgracia, erinia persecutora, para finalizar con un resurgimiento que debo aún determinar, pero que sin duda tendrá que ver con La Tierra Prometida. Prometo que será el nombre que otorgaré al Salvador, en plan alegórico. Habré yo también de metaforizarme y no sé aún si en leche, o miel. Manaré, en cualquier caso.

Volveré y sucumbiré a tus encantos.

Acudí dispuesta a sucumbir a sus encantos. Tengo entendido que tales decaimientos no deberían ser premeditados y tal vez por eso me salió el tiro por la culata reventándome el ojo con el que apuntaba, yo, que no sé calcular las distancias. El caso es que terminé inundando mi desengaño amoroso en un par de chupitos de pacharán: el mío y el de Natalia que intentaba, así, consolarme.

Para resarcirme grabé un video terapéutico bailando el chiquichiqui. Nefasto error: al verme caí en la más profunda de las simas, en el más oscuro de los valles. Me repugné un tanto y aún no me he recuperado.

Con el fin de rematar la sucesión de desaires a mi persona, pertrechados por alguna divinidad que me es adversa, terminó la semana con un tipo largilucho y parlanchín explicándome los motivos por los que prefería arrinconar contra la pared a Natalia en vez de a mí. Me hubiera gustado explicarle detenidamente lo aliviada que estaba por no tener que sucumbir a sus encantos, pero hubiera sido en vano. A juzgar por cómo expresó mis múltiples defectos era obvio que me había tomado en serio. 

jueves, marzo 27, 2008

O tempora, o mores...

Hoy me responden un correo electrónico con carcajadas, con un algo así como no seas ceremoniosa, los mails no llevan ni encabezamiento ni despedida. Redicha me llama mi hermano, el pequeño, el que parece una Mafalda peluda. No lo voy a negar: Es cierto, soy algo pomposa, y me pierdo en las ceremonias. ¡Si hasta me gustaban las misas, precedidas de sus rosarios y letanías, con sus consagraciones y oraciones! Yo era de aquellas que entonaba el mea culpa golpeándose el pecho, pensando en San Jerónimo y su León. En alguna ocasión, llegué incluso a lamentar que se dijeran en lengua vernácula y pensaba, regodeándome, cuánto mejoraría todo aquel trampantojo si no entendiera ni papa de lo que dicen, y todas las palabras terminaran en un "um" largo y profundo, sugerente y lángido, como un gemido de satisfación... pax vobiscum... Bien es cierto que todas aquellas sensaciones, regadas de incienso y salpicadas de agua bendita, me producían un extraño y hasta lúbrico placer. Por eso nunca he confesado, hasta ahora, que todo pasó, mis pecaminosos pensamientos. Supongo que las venerables ancianas del lugar y los sacerdtoes revestidos de oropeles no podían sospechar, al verme contrita y genuflexa que en realidad ascendía a un orgasmo blasfemo e irreverente, digno, más del fuego del infierno que de su compasión y orgullo. 
Inocente de mí he aplaudido la nueva tecnología epistolar, creyendo que así se recuperaría el perdido arte de la correspondencia. Esas largas relaciones de Querida Pepa... Por la presente te hago saber.. Confío a mis letras te encuentres recuperada... Mi carta que es feliz pues va a buscaros cuenta os dará... Besa el dorso plácido de su mano a la espera de nuevas nuevas... 
Pero no. Todo lo contrario. Por fin se puede ser burdo sin rubor, obsceno sin pena, escaso de mente sin ridículo. Se admiten faltas de decoro, de ortografía y de todo tipo de manifestación de la más mínima educación.
Soy vieja, me cuelgan los pellejos como las vendas de una momia. Malos tiempos para la lírica. No, no... Ke la lirika aora se kanta a lo rap (perdón por el atrevimiento, sé que ha sido patético, pero no puedo dejar de llorar mi desesperación). 

lunes, marzo 17, 2008

Corre, Forest... corre...

También en Juno hay un tipo (¿de qué me sonará su cara? creo que todos le hemos visto alguna vez, en algún sitio) que no para de correr. Y en Apocalypto, aunque no venga al caso, están, también todo el rato corriendo. Tanto que sale una del cine agotada. 
Ahora quienes corren, quienes huyen de los mayores, son un grupúsculo adolescente extraños (aunque ninguno tanto como Juno).
Resúltase que mi hermano, menor en edad, sobresaliente en todo lo demás, temeroso de embrutecerse,  según asegura,  gracias a su nuevo estatus de de mil eurista, se encuentra rellenando sus estanterías de comics o tebeos, o como cojones se llamen. 
De vez en cuando,  no me pregunten por qué, habla conmigo. Hasta me cuenta chistes. Y yo, que me ilusiono con cualquier cosa, le escucho ávida, intentando, incluso, leer entre líneas. Insiste, luego, en que lea no se qué. Y me lo da. Y yo me lo leo. 
Runaway. O, como diría yo misma, que soy de pueblo, corre pa' llá. Al parecer los vendedores de comics o de tebeos o como cojones se llamen, andan muy preocupados por las ventas. ¿De qué árbol se habrán caído? me pregunto yo, inocente, que siempre he creído, a pies juntillas, que el mérito de los comics o tebeos o como cojones se llamen es, precisamente, que son cosas exquisitas reservadas a minorías igualmente exquisitas (no se me ha notado mucho, pero lo de la exquisitez lo he dicho con un pelín de sorna). 
El caso es que, como los vendedores, americanos, nortamericanos, perdón, de comics o tebeos o como cojones se llamen, han contratado a un tipo que se encarga del marketing, han empezado a querer ampliar sus reducidos grupos de lectores. Y, no se lo pierdan, como resulta que las niñas no leen comics (esto certifica que yo, no debo de ser una niña, pues he pasado aquello que recuerdo como tierna infancia entre Mafaldas y Fuera Bordas, pasando por Crepys perdidos, y zonas 84 encontradosa) están obsesionados con ellas, como Rajoy, vamos. Tienen una niña en la cabeza y quieren que lea comics o tebeos o como cojones se llamen. 
Pero claro, las niñas de ahora, son un pelín góticas (?) y las aventuras de Esther les importan un bledo.
No tengo ni pajolera idea de quién se leerá Runaways. Ni me importa. Sólo diré, que los comics, o tebeos, o como cojones se llamen, se alimentan de sí mismos: Como la televisión. Así, cojones, no hay forma de iniciarse desde cero. Claro, que, no nos engañemos, de una u otra forma todos hemos llegado a saber quién es el Capitan América o Spiderman. De algo nos suenan. Pero no tanto como para saber el nombre de pila del adolescente que acompañaba al del escudo, o los nombres propios de todas las novias del de las telarañas. 
Vamos, que los Runaways me han resultado medianamente entretenidos, pero que me mola más el Paracuellos, Frater, me perdone ud.

miércoles, febrero 20, 2008

Sobre la verdad y la mentira

Ah... qué se pensaban uds. qué realmente iba yo a atreverme a tratar tales temas. Perdonen que se me despliegue, resignada, la sonrisa. 
Una vez me compré un libro que se titula El hombre y la verdad de Zubiri, creyendo inocente de mí, que algo entendería. No logré enterarme de nada. Por ahí debe de seguir mi lapicero feroz (mordido por todos lados) perdido entre sus páginas iniciales, de las que nunca logré salir. 
Recientemente mi padre preguntó por él. No por él mismo, que bien podría ser, sino por el libro. Que dónde estaba. Que quería volver a echarle otro vistazo. ¿Volver? Pero ¡padre! no me diga que se lo ha leído ¿y ha entendido algo? No es que dude yo de las entendederas de mi progenie. Nada más lejos. De hecho, les tengo mucha más confianza que a las mías propias, porque son mucho más grandes y vigorosas. La pregunta no iba con segundas, que no. Que se me escapó sin querer. Me salió de sopetón sin tiempo para retenerla. 
Lo curioso fue que al rostro de mi pater me pareció ver asomar una duda. Una sombra oscura, un leve cargo de conciencia. ¿Por qué no habría de entenderlo? Nubarrones oscuros que pasaron fugaces y se diluyeron para siempre. 
No sé que es la verdad, ni si existe. Me conformo con asumir la mentira como algo cotidiano. Les contaré mi secreto de supervivencia: Suelo decir la verdad cuando quiero que nadie me crea. Habrá a quién le suene duro. Ahora mismo que lo leo, casi me recorre un escalofrío. Pero, quiá, si la pereza es la madre de los vicios, que la costumbre lo sea de las virtudes. Nada como acostumbrarse.
¿Oyen uds. un bolero?

lunes, febrero 11, 2008

BAILÉN (bailen uds.)

Sé que hay gente que a veces me lee. Mayoritariamente por error, al buscar remedios baratos para algo. 
No obstante ha llegado a mis oídos que hay alguien, tan pegado a su nariz como a un retrete (no es incompatible, aunque se sufre mucho), que incluso me ha buscado en la Red. 
Me recrimina, no muy a menudo (con poca insistencia), que no actualizo mis letras. Y mis historias de hastíos le suenan a milonga mal cantada.
Estimado Zanahodia:
Estuve en el Prado. Me hicieron sacar el ordenador y encenderlo, no sé para qué, pero aproveché la ocasión para gritar a los cuatro vientos TENGO UN MACBOOK de trece pulgadas como trece rosas en el paredón, de color blanco, al que la manzanita le brilla con inusitado esplendor. A continuación, excediéndome en el celo, empecé a quitarme la ropa para demostrar que no voy cargada y que tengo las carnes turgentes, pero les pareció mal a aquellos mismos que, sin ningún pudor, delataron el escondrijo de mi Mac.
Para ampliar horizontes me dirigí a la Ampliación, de estrechísimas escaleras mecánicas. Necesitaba con urgencia VER pintura decimonónica: Tanto daguerrotipo, minúsculo y blanquinegro me tenía trastornada. Jesucristo de mi vida, tú que nunca fuiste una niña como yo. Qué alivio. Colores a mansalva y en gran formato. 
Caminandito, caminandito llegué a la sala de las joyas de la historia y allí, querido, estaba La Rendición de Bailén (y Juana la Loca, loca, loca, por duplicado, mandando callar que no despierten al muerto y atravesando Castilla (tan ancha como estrechas son...) con el idem), y la macabra campana del macabro monarca y aquellos que fusilaron en Torrijos, todo dignos y altivos, etc...). Ejemplo del valor aleccionador de la Historia, creadora de patriotas. 
Ahora que "semo´ cidadanos urupeos", y que no deben emocionarnos ni las tisis ni las malasquerencias, sino las tetas y los paraísos, no sé como habrán de mirarse los cuadros, ni la Hisoria. Yo, Walter, tuve que sostenerme las lágrimas y contenerme para no lanzarme en los brazos del primer galán de turno que me mirara furtivamente. Mm... ¿he dicho galán? Quería decir dandy, pecando en ambos casos de cierto anacronismo, no digo que no.
Y así, todita ruborizada me topo con el Desconsuelo de Llimona. 
"Recompónte, ponte Remedios" Y para desintoxicarme me regresé a Velazquez, para tornar por Goya. Pero tanta real familia (REAL y FAMILIA, ni más ni menos), no logró sacarme de mis desvelos.
Y así, estimado, regresé por donde vine y encuéntrome en el mismo punto del que partí.
Confío me siga leyendo, sobre todo cuando no escribo.