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jueves, enero 22, 2009

Torpezas, exposiciones y fotografías


A mediados del pasado mes pasé una semana en Madrid. Fui para acudir uno de esos cursos con los que me ilustro y actualizo y me limpio la conciencia.
Quise aprovechar la coyuntura para, durante el tiempo libre, sentar mis posaderas en la Biblioteca Nacional y avanzar hacia la consecución de “la innombrable” pero mi natural torpeza me empujo, impía, a varias exposiciones de fotografía. Mi natural torpeza y mi proverbial racanería porque todas era, qué casualidad, gratuitas.
Hubo alguien que me preguntó si no había ido a ver Rembrandt al Prado. Y obviando lo mermado de mi cartera argumenté, toda digna yo, que la pintura ha perdido para mí todo interés, si alguna vez lo tuvo, y añadí, pedante, como requería la situación, que de un tiempo a esta parte, sólo fijo mis ojos en imágenes logradas mecánicamente por la luz. Tengo excusas para todo.
La primera torpeza me llevó a bajarme antes de tiempo del autobús que va de Embajadores a la Plaza de Castilla y dar con mis suelas de goma en la Casa de América donde un cartelón anunciaba una exposición de Korda. Allí puede comprobar cómo un tipo de bigotito pijo se pasó a la revolución y cómo los revolucionarios jugaban al golf, esquiaban en Rusia y fumaban puros, cosas muy pijas todas.
Ahora tengo una nueva visión de las revoluciones y de los pijos, un tanto confusa y apelmazada. Lo tengo todo mezclado y no alcanzo a discernir con claridad... Sea como fuere voy a aparcar mis ansias revolucionarias momentáneamente, porque no quiero pecar de pija, no por falta de voluntad, sino de posibles.

La siguiente torpeza me llevó a pata desde Lavapiés hasta Recoletos en busca de un termohigrómetro barato. De paso me topé con la sede de la fundación Mapfre dónde se exponían obras de Degas y de varios vanguardistas españoles. Dado el módico precio de la gratuitad, sí pude valorar diversas artes manuales. Pero, por favor, no se lo digan a nadie. Guárdenme el secreto.



Grato me fue poder contemplar la serie completa de “Las Hermanas Brown” del fotógrafo Nicholas Nixon. Se trata de más de treinta fotografías en blanco y negro, de gran formato, en que figuran las cuatro hermanas del título, siempre en la misma posición y mirando a cámara. Lo interesante es que hay una foto por cada año, desde 1975 hasta 2007. Así, puede observarse el paso del tiempo, inexorable, cruel y destructor, que cambia las faces y los cuerpos, que achica las sonrisas o las fuerza a sobrevivir a la adversidad y surgir a golpes de satisfacción. Emotivo porque mezcla el miedo a la vejez con la conciencia de su inevitabilidad. La tristeza de hacerse mayor y el logro de saber hacerlo.

A la última exposición llegué sin torpeza mediante. Me limité a quedarme en el autobús y en vez de bajarme en la Biblioteca Nacional terminar el recorrido en la plaza de Castilla. Así que esta vez me llevó la pereza que, miren por donde, tiene sus ventajas. Allí, en el centro cultural “Canal de Isabel II” había una exposición de fotografías sólo de mujeres. Curioso el tema, porque ¿a alguien en su sano juicio se le ocurriría hacer una exposición sólo de hombres? Se ve que como han chupado tanta cámara a lo largo de la historia su presencia se ha vuelto tan obvia que no merecen convertirse en un “tema fotográfico”. Claro que serlo la mujer no deja de manifiesto sino que sigue siendo un objeto. Un objeto admirable, sí, como un buen cuadro, o un plato delicioso. Un objeto a contemplar, y no un sujeto que actúa.
¡Ay, qué dolor! No sé si me escuece la envidia (por la hermosura ajena) o si me pica la dignidad.


jueves, octubre 30, 2008

OVIDEO EXPRESSSSSS...


A Oviedo nos fuimos aquel día en que algunos celebran la raza (suponemos que con pedigrí) y otros sacan a pasear a las Fuerzas Armadas (sin consecuencias aparentes). Ninguna fecha mejor para regresar al útero del que salieron esos que, dicen algunos, reconquistaron la Península. Con el ánimo dispuesto a cultivarnos, a ver todo aquello que sólo habíamos divisado en las diapositivas amarillentas con que se nos intentaba enseñar Historia del Arte. 

Y hete aquí que trepamos hasta Santa Cristina de Lena, y nos deleitamos ¿quién lo duda? con tan apañadico iconostasio (que va con piezas de otros sitios, según nos dijeron, de cosas de esas romanas, de mucha enjundia.)

Y llegamos a la capital, y recorrimos las calles de la Regenta, hasta llegar a la catedral, admirando las fachadas y enlucidos de todos los edificios ¡si hasta alcanzamos al flamante Calatrava y departimos sesudas sobre arquitectura contemporánea!. ¿Y no hicimos, a caso pic-nic en San Julián de los Prados? ¡Qué más se puede pedir!

Ah, pero las buenas voluntades son fugaces, y, para qué vamos a negarlo, cuando el alcohol corre por nuestras venas, siempre decimos sí. 

Y fuimos al bulevar de la Sidra, y sidra que te pego va, y sidra que te pego viene. Híncale el diente al Cabrales, y bébete rápido el culín y se me nubla la vista, vaya melopea. Y como íbamos diciendo ¿por dónde seguimos? Habrá que tomarse otra y otra y otra. Vale, por aquí mismo. Y mira qué chicos más simpáticos...

...

Yo terminé pidiéndole a un grupo de gente, a quienes manifesté que por ser de la Meseta, cuál si no ha de ser el motivo, les tengo miedo a las montañas, que por fravrorrrr me llevaran al hotel. Gracias a Dios, o a la Virgen de Covadonga, me acordaba del nombre, y aquellas criaturas angelicales me socorrieron sin ponerme pegas. 

...

Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, de resaca, lucen igual.


viernes, octubre 03, 2008

THE LAST DAY


DÍA NOVENO


Me he enterado de que originariamente la patrona de Barcelona era una tal Santa Eulalia. Luego, a saber por qué (le pasaría como a Rosa María Mateo en la Televisión Pública), la sustituyeron por La Mercé.
Sepan que, en venganza, llueve siempre en tan señaladas fiestas (aunque este año lo hizo sólo el lunes con profusión, el martes con displicencia y el miércoles lució espléndido el sol.)

EL OCTAVO DÍA


No sé si les he contado alguna vez que me causa gran frustración no saber idiomas. Que me hablen y no enterarme de la misa la media o intentar expresarme y no encontrar comprensión ajena, me taladra las falordias.
Claro que... eso también me ocurre cuando me hablan y me expreso en mi propia lengua.

martes, septiembre 30, 2008

DÍA SÉPTIMO


No se lo pierdan


Con motivo de las Jornadas Europeas de Patrimonio la Biblioteca Nacional de Francia abrió sus puertas el Domingo. Y ahí estaban los funcionarios, oigan, un domingo, enseñando cómo se tratan las cosas. Con qué cuidadín y mimo.

Pero lo más molón, así de ver, fue la sala de lectura de la Biblioteca del Instituto Nacional de Historia del Arte, que se encuentra en el mismo recinto.
Tan molona como la de la propia Biblioteca Nacional...  (las grandes Bibliotecas es lo que tienen, que son de un rimbombante que te cagas por la patilla abajo. Menos mal que enseguida te sacan algún libro viejo en el que meter las narices, porque, si no, te quedas en las musarañas) Pero no es eso lo que más llamó mi atención. El asunto es que pudimos entrar también a la "trastienda", en el "almacén" de los libros. Allí donde se preservan en anaqueles infinitos, como los que describiera Borges. 
Pero, tranquilos, que ahora viene lo bueno. Resulta que todo estaba vacío. Ni un solo lomo de letras doradas asomando. Nada de nada. Niente. Rien. Res. Sólo polvo y estanterías muertas. 
Me pareció oír a una de esas señoritas que suelen desgañitarse en lugares "emblemáticos" frente a un montón de gente que quiere escuchar, pero no saben lo que les están diciendo, asegurar que andaban en trámites de "modernización", que las instalaciones estaban obsoletas y había que adaptarlas a los nuevos tiempos, estos que corren tan sin saber a dónde van. 
Y no digo yo nada contra tan nobles pretensiones, conste. Pero afirmaciones de tal pelo me hacen temblar las carnes. 
Ya me perdonarán, pero a mí, miope y algo bizca, todo aquello me parecía que estaba bien así. Oiga, que para guardar libros lo que hace falta son estanterías. Y no me venga con humedades relativas.... que le suelto alguna guarrada ¿eh? (¡humedades a mí!)
El caso es que el prurrito este de andar modernizándolo todo (incluso lo que en principio no es necesario) pues nos deja sin cosas viejas de verdad, de esas que han permanecido inalteradas al paso de los siglos. Y digo yo que alguna podríamos dejar ¿no?, un par de ellas a lo sumo. 
Debo confesar que a mí... me gustan las cosas viejas, qué quieren que yo le haga, y mucho más si funcionan todavía (procuren en este momento no hacer extrapolaciones sexuales, se lo ruego, que aunque no estén fuera de lugar, no quiero que me afeen el discurso, ¡por Dios! que me estoy poniendo seria y engolada).
Puta manía oiga. Si quiere algo nuevo, pues cómprese el IPod Touch. Pero no me tunee el seiscientos, por favor, que no me interesa alcanzar los doscientos. 
Estas defensas viejunas me son esporádicas, no se preocupen, mañana me dará por ponerme vanguardista y abogaré por la destrucción de la Victoria de Samotracia. 



DÍA SEXTO


DÍA QUINTO



Mejor empiezo a no decir nada

DÍA CUARTO


Richard Avedon, americano de nacimiento, realizó en París, capital de la Alta Costura, gran cantidad de fotografías de moda, en las que las más granadas maniquís del momento contoneaban sus cuerpos curvilíneos ante el objetivo para mayor gloria de trapillo de Dior con que se engalanaban. 

Todo glamour y elevada sociedad en los años en que los galanes y femmes fatales se asomaban al mundo para asombrarlo no sólo en las pantallas de cine, sino también a través del papel couché, brillante y deslumbrante como sus blancas dentaduras inasequibles al consumo masivo de tabaco. 

En los años ochenta le dió por hacer una tourné por lo más profundo de la profunda Norte América. Abandonó a las chicas guapas y frágiles de Europa para fijar su mirada exuberante en mineros, apicultores, descarriados y adolescentes del Nuevo Mundo. Tras ellos, un fondo blanco e impoluto aísla  la figura de todo contexto y la expone tal cual a la fascinación del espectador. 

El encuadre no suele cernirse exclusivamente sobre el rostro, sino que la mayoría de las veces un medio plano, o incluso un plano americano permite ver la indumentaria. El tamaño de estas fotografías (al menos en la exposición del Jeu de Paume) sitúa al público frente a esas ropas ajadas y ha de desplazar la mirada hacía arriba para apercibirse del rostro. Al menos, situándose en la proximidad inquebrantable de la línea que impide acercase más. Y esa se supone que es una de las grandes virtudes de una exposición que, si la afluencia lo permite, facilita la posibilidad de pegar la nariz a las chef d’oeuvres. Así pues, puede uno perderse, sin querer, en las texturas de los tejidos vaqueros de los retratados antes de alcanzar a cruzarse con sus ojos que miran a la cámara tras la que podemos imaginar a Richar Avedon ¿Dando instrucciones sobre la pose? ¿Guardando silencio ante la grandiosidad del evento, epatado e impresionado por el objeto de su deseo? ¿Calculando, sin más, la velocidad y abertura del obturador? ¿Contando algún chiste?

Me pregunto si soy yo la que no ha sabido mirar al rostro de la víctima fotográfica o si ha sido la tradición textil de Avedon la que me ha llevado entretenerme en menudencias vestimentales. Y me pregunto si la genialidad de la pose, la certeza de los ojos, son mérito del modelo o del fotógrafo artista modelador. 

Desconozco si los positivos expuestos son “originales”, los realizados por el propio Avedon por primera vez, o si han sido revelados posteriormente. No sé si los formatos (tan sumamente determinantes), han sido modificados para la ocasión. 

Salgo repleta de preguntas y dudas con las que no sé cuánto tiempo habré de cargar ¿Se me pasará sin más? ¿Lograré satisfacer alguna de ellas?


DÍA TERCERO


“Toda la tarde encerrada en la Biblioteca de la Maison Europeenne de la Photographie, desde las dos hasta las siete (es lo que tiene el horario de comida francés). Fascinada por el catálogo (publicaciones sobre fotografía desde los años treinta). Tuve que hacer grandes esfuerzos para no apuntarme todos los títulos. Allí aparecían las grandes obras de la historia de la fotografía que fueron pioneras en sus primeras ediciones, en su lengua original. Aquellas obras siempre referenciadas en todas las bibliografías y que yo nunca había tenido entre mis manos (al menos la edición primera). 

A pesar de mis dificultades con el inglés y el francés (o tal vez precisamente porque ello me obliga a aplicar gran cantidad de imaginación) me han vuelto a surgir mis paralizantes escrúpulos historiográficos. Esos que me empujan a entretenerme en disquisiciones desquiciantes sin más beneficio que el consumo desaforado de tiempo preciado. 

Esas interminables enumeraciones de “los grandes nombres” y de las extraordinarias cualidades de sus trabajos fotográficos, que han de reverenciarse sin cuestión ni duda ninguna. 

Postración inquebrantable ante los dioses cuyos pies, si son de barro, no son frágiles y quebradizos al contacto con el martillo, sino plásticos y maleables, adaptables (be water, my friend) al paso de siglo y pico.

Tus ojos son indignos de posarse si quiera en la más pobre reproducción de la más insustancial de sus obras. Nada entiende tu cerebro vacío.”

lunes, septiembre 29, 2008

DÍA SEGUNDO


Insistí contumaz en acudir a la Biblioteca Nacional de Francia, con el ansía inflamada ante el próximo encuentro con sus fondos bibliográficos y fotográficos. Lara transigió benévola, como haría durante toda mi estancia, como siempre ha hecho. Al menos, supongo que pensaba, está en el Barrio del Marais (su preferido). 

Al llegar comprobamos con desesperación que tan egregia institución, tan elevado almacén, cierra una semana al año por motivos, sin duda, elevados. Y ¿a qué no saben qué semana ha tocado este año? Pues sí. Precisamente aquella en que yo había dado en pasar en la ciudad del Sena. Pueden imaginarse mi rostro congestionado, no se sabe si por la ira, o por la vergüenza de no haberme enterado de tan importante noticia. 

Para consolarme, Lara me aseguró que en las proximidades había una galería de photographie ancienne que podría resarcirme, algo, de mi disgusto. Al llegar al dicho lugar prometedor, comprobamos que no abría hasta las tres de la tarde, motivo por el que decidimos quedarnos en las proximidades para pasar después de comer. 

Decidimos pasear, tal vez con al esperanza de que se me disipara el mal trago de la Biblioteca, y llegamos a una de aquellas galerías cubiertas que dicen las guías de viaje que son “características del lugar”. Héte acá que topamos con una maravillosa librería de viejo en la que metimos las narices hasta el fondo, durante largo tiempo (Librairie F. Jousseaume). 

Salí de allí con una guía de viaje de l`Espagne, escrita en aquellos años en que en aquél país tan peculiar, había una República, la segunda, al decir de los lugareños. Un texto repleto de tópicos deliciosos con los que no hay forma de identificarse (¿no pasa lo mismo  con los horóscopos?).

...

Hay constancia fotográfica del hecho porque alguien tuvo a bien hacerme una toma en la que aparezco en los jardines del Palacio Real leyendo el susodicho libro. He de poner en su comunicación que el disparo no fue motivado por la admiración, o por la curiosidad, ni siquiera por un leve afecto, sino que fue realizado tras una súplica recalcitrante que no tiene justificación alguna y que incluía un torpe posado. 

Es algo que me pasa habitualmente. Sin no lo pido, no hay Dios que me haga una foto. Tengo en mente relatar este rasgo de mi persona en verso alejandrino. Revelaré la frustración de quién siempre detrás del objetivo no encuentra quien le retrate. Haré relación minuciosa de las causas: un perfil insostenible, una frente arrugada, una nariz inconcebible, unas orejas inconmensurables, una barbilla austriaca, un belfo equino, un gesto siempre esquivo, unos ojos hidrópicos, unos pómulos psicóticos. Afotogenia: grave trastorno genético que de no saberse tratar a tiempo redunda en crónico.

...

Se nos hizo la hora de comer y lo hicimos en un también “característico” restaurante judío. Una especie de “bocata” de esos en los que te pone la carne en los kebab, pero repleto de cosas judías. Unas bolas rebozadas de no sé qué especie de puré de garbanzos. Esto tiene un nombre, una forma de hacerse entender con precisión. Pero, y no es que desee que no me entiendan uds., nada más lejos de mi intención, resulta que enterarme de cual sea el dicho nombre me va a suponer un esfuerzo tan ímprobo que no merece la pena (como todo esfuerzo de tales magnitudes).

Ya satisfecha nuestras necesidades nutritivas volvimos a aquella tan prometedora galería de fotografía antigua. Inauguraban una exposición compuesta por fotografías, dibujos y pinturas, de un artista de cuyo nombre nunca tuve intención de acordarme. Un tipo encantado con los tipos, a los que retrataba con una mirada sugerente y atractiva... para los tipos. Y allí estábamos Lara y yo, heterosexualmente inadaptadas al medio reinante, haciendo pasar ante nuestros ojos grandes formatos en blanco y negro, de grandes maromos dispuestos para la lascivia de otros maromos igualmente grandes, aunque algo más envejecidos (tal era el público). Y yo que pensaba encontrarme retratos de militares embigotados, madres con sus niños, familias con bombín, edificios viejunos, paisajes paradisíacos... 




DÍA PRIMERO


Me dirigí en autobús hacia Bilbao. Una vez allí, cogí el correspondiente hacia el Aeropuerto. Ya en tan egregio lugar, me comí un platano, cuya monda lironda no pude tirar a la basura porque, por motivos de seguridad, no hay papeleras en el recinto. 

La seguridad, ya ven, nos ha vuelto, además de paranoicos, un poco guarrillos. 

De Bilbao, volé a las tres de la tarde hacia París, para aterrizar en el Aeropuerto de Orly, donde dí con una navette que por el módico precio de 6 euros (¡) me llevó a una boca del metro de la línea 7. Sumida en el submundo di con mis huesos y mi maleta en el Kremlin-Bicetre dónde, a pesar de mis continuos temores, supe encontrar, ¡tan familiar me resultó todo al primer golpe de aire!, el hogar en que mis amistades me acogían. 

Claro, que mis acogedores amistades no estaban en casa, motivo por el cual, tuvieron a bien haberme proporcionado anteriormente las llaves que me franquearan su espacio de habitación habitual. 

Tuve un pequeño problema con la clave de acceso al portal. Por más que presionaba los números indicados, aquello no cedía. Gracias al cielo protector, que sin duda velaba por mí, un vecino saliente me permitió acceder y llegar a mi destino, en el que decidí restar queda pues tan peliagudo había sido alcanzarlo.

Me hubiera gustado salir a comprar unos crusanes con que honrar a mis benefactores a su llegada, que no habría de ser mucho más tarde, y en su lugar me salí al balcón a fumar, a asomarme para recibirles con gritos de alegría al verles cruzar la calle y a escribir unos extraños garabatos, bien poco inspirados.

...

Sepan, para terminar el relato del día de mi llegada a París, que el frío de la terraza y la oscuridad de la noche que se avecinaba sin remedio, me obligaron a volver al interior de la casa. Así que no pude gritar alegre desde el balcón, cual Heidi treintañera, para recibir a mis amigos. En su lugar husmeé sin pudor la biblioteca del salón. Aprobé el gusto de mis amistades e inicié la lectura de El jardín de las dudas, de Savater, en el que estuve sumida, suspirando por Voltaire, toda mi semana parisina.



Relación del viaje


Siempre he tenido un particular aprecio por los relatos de viaje: Aquellos escritos minuciosos que narran las aventuras surgidas en los más grandes y azarosos transcursos. Desde La Odisea hasta La vuelta al mundo en ochenta días, he procurado devorar con devoción el difícil deambular de mis héroes por los más exóticos parajes. 

Más de una vez, yo misma, llevada por ese purrito extravagante que me enrojece las carnes, he tenido el atrevimiento de escribir mis avatares en tales circunstancias, sin ningún éxito. 

Sea por que mis salidas del terruño han carecido del más mínimo interés, sea porque no me alcanza la pluma (oissss) para darles a los eventos la perspectiva que los haga atractivos, no he sabido superar la monótona enumeración de horas y medios de transporte, de puntos de partida y destinos pasajeros...

viernes, septiembre 12, 2008

SEPAN

cuantos la presente vieren y entendieren que 

yo

Remedios Barto


Reina de los Desamparados, de las Indias (y los indios) orientales, marquesa de la Pampa (¡pamplinas!) y señora del primer valle por el que pase:

Parto este lunes, 15 de septiembre del año que nos corroe, a Bilbao, para desde allí volar a París.

Que en París volveré a negarme a subir a la Torre Eiffel y a peregrinar al Pere-Lachaise, con la esperanza de propiciar así “la próxima vez”.

Que allá estaré hasta el siguiente lunes, 22 de septiembre del año que sigue corroyéndonos, en que volaré de nuevo, avión mediante, a Barcelona. 

Item más, que a la fuerza habré de toparme con La Mercé, señora, al parecer, de mucha enjundia, pero a la que no sabré que decir por aquello del idioma.


Y que cuando regrese, pues siempre vuelvo, tal vez en autobús, tal vez en tren, por mucho que lo haya intentado, no seré ni más sabia, ni mejor persona.

Y que, por ello, me rasgaré las vestiduras y mesaré mis cabellos, lloraré amargamente y no encontrarán consuelo mis orillas. 


Y para que conste lo firmo y rubrico con este sello de placa.



miércoles, agosto 13, 2008

MADRID Y AGOSTO

Si a cualquiera de uds. (ya sé que no son muchos, y que la mayoría son conocidos, pero bien saben que me pierden las retóricas hueras) les ofrecieran ir en Agosto a Madrid no dudarían en negarse rotundamente: Vamos por Dios. Todo el mundo (que puede) se va de la capital en tales fechas ¡por algo será! 

Imagino que las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y la Blanca Paloma, allí en eso que llaman el Distrito Centro y que es a saber lo más castizo del casticismo (las delicias de Unamuno), no sería suficiente aliciente para uds. los sabios que se agostan en la costa. 

Pero resulta que a algunas, a nosotras mismas, por ejemplo, Lavapiés nos fascina. Desde que supimos que era algo más que una calle del Monopoli y mucho mas que una constante televisiva no vacilamos ni un instante en acudir a mirar al sol allí dónde el sol tanto aprieta. Que hasta a las ocho de la tarde eleva la temperatura a cuarenta y subiendo. 

Sudando, picadas por miles de mosquitos, avergonzadas de nuestra escasa capacidad de  remar, tiradas en el sofá suplicando al ventilador que por favor se acelere, incapaces de hacer funcionar un tocadiscos (qué pronto se nos olvidan los aprendizajes de la infancia), recordando viejos tiempos y augurándonos un futuro lleno de gatos, hemos consumido un fin de semana en la capital del reino.

Y será la ignorancia, o el pelo de la dehesa, pero los madriles son flipantes. Todo fascinante. Desde le hippi de verbenas que te pide tabaco y no hace más que eso, el cabrón, pedirte tabaco, hasta el rastas insensato que apaga el suyo en nuestro catxi (mini lo llaman allá). Desde el tipo ese de Cuenca que cosecha en Lerma y al que no se encuentra nada más que decir, por mucho que se piensa y se repiensa, y se vuelve a pensar. Hasta aquellos otros que llevan una camiseta de Criticar X Criticar y que si fueran en busca de Bisbal pues ni tan mal, pero yendo a por tecno..., la cosa cambia. 

Y así, con los ojos como platos, fotografiándonos en todos los escenarios posibles, con la regla jodiendo la marrana, hemos estado haciendo la nada como el más elevado logro. 

Me ha dado por llegar a la brillante conclusión de que la culpa no es de Madrid. Ni del calor. Ni del barquero que no da instrucciones. Ni de la inflación. Ni del mercantilismo. Ni del terrorismo de Estado en Colombia. 

Lo siento, chicas, no sé por qué, pero la culpa es nuestra. 

Che, boludo, no sos vos... etc.


lunes, febrero 11, 2008

BAILÉN (bailen uds.)

Sé que hay gente que a veces me lee. Mayoritariamente por error, al buscar remedios baratos para algo. 
No obstante ha llegado a mis oídos que hay alguien, tan pegado a su nariz como a un retrete (no es incompatible, aunque se sufre mucho), que incluso me ha buscado en la Red. 
Me recrimina, no muy a menudo (con poca insistencia), que no actualizo mis letras. Y mis historias de hastíos le suenan a milonga mal cantada.
Estimado Zanahodia:
Estuve en el Prado. Me hicieron sacar el ordenador y encenderlo, no sé para qué, pero aproveché la ocasión para gritar a los cuatro vientos TENGO UN MACBOOK de trece pulgadas como trece rosas en el paredón, de color blanco, al que la manzanita le brilla con inusitado esplendor. A continuación, excediéndome en el celo, empecé a quitarme la ropa para demostrar que no voy cargada y que tengo las carnes turgentes, pero les pareció mal a aquellos mismos que, sin ningún pudor, delataron el escondrijo de mi Mac.
Para ampliar horizontes me dirigí a la Ampliación, de estrechísimas escaleras mecánicas. Necesitaba con urgencia VER pintura decimonónica: Tanto daguerrotipo, minúsculo y blanquinegro me tenía trastornada. Jesucristo de mi vida, tú que nunca fuiste una niña como yo. Qué alivio. Colores a mansalva y en gran formato. 
Caminandito, caminandito llegué a la sala de las joyas de la historia y allí, querido, estaba La Rendición de Bailén (y Juana la Loca, loca, loca, por duplicado, mandando callar que no despierten al muerto y atravesando Castilla (tan ancha como estrechas son...) con el idem), y la macabra campana del macabro monarca y aquellos que fusilaron en Torrijos, todo dignos y altivos, etc...). Ejemplo del valor aleccionador de la Historia, creadora de patriotas. 
Ahora que "semo´ cidadanos urupeos", y que no deben emocionarnos ni las tisis ni las malasquerencias, sino las tetas y los paraísos, no sé como habrán de mirarse los cuadros, ni la Hisoria. Yo, Walter, tuve que sostenerme las lágrimas y contenerme para no lanzarme en los brazos del primer galán de turno que me mirara furtivamente. Mm... ¿he dicho galán? Quería decir dandy, pecando en ambos casos de cierto anacronismo, no digo que no.
Y así, todita ruborizada me topo con el Desconsuelo de Llimona. 
"Recompónte, ponte Remedios" Y para desintoxicarme me regresé a Velazquez, para tornar por Goya. Pero tanta real familia (REAL y FAMILIA, ni más ni menos), no logró sacarme de mis desvelos.
Y así, estimado, regresé por donde vine y encuéntrome en el mismo punto del que partí.
Confío me siga leyendo, sobre todo cuando no escribo.