lunes, septiembre 29, 2008

DÍA SEGUNDO


Insistí contumaz en acudir a la Biblioteca Nacional de Francia, con el ansía inflamada ante el próximo encuentro con sus fondos bibliográficos y fotográficos. Lara transigió benévola, como haría durante toda mi estancia, como siempre ha hecho. Al menos, supongo que pensaba, está en el Barrio del Marais (su preferido). 

Al llegar comprobamos con desesperación que tan egregia institución, tan elevado almacén, cierra una semana al año por motivos, sin duda, elevados. Y ¿a qué no saben qué semana ha tocado este año? Pues sí. Precisamente aquella en que yo había dado en pasar en la ciudad del Sena. Pueden imaginarse mi rostro congestionado, no se sabe si por la ira, o por la vergüenza de no haberme enterado de tan importante noticia. 

Para consolarme, Lara me aseguró que en las proximidades había una galería de photographie ancienne que podría resarcirme, algo, de mi disgusto. Al llegar al dicho lugar prometedor, comprobamos que no abría hasta las tres de la tarde, motivo por el que decidimos quedarnos en las proximidades para pasar después de comer. 

Decidimos pasear, tal vez con al esperanza de que se me disipara el mal trago de la Biblioteca, y llegamos a una de aquellas galerías cubiertas que dicen las guías de viaje que son “características del lugar”. Héte acá que topamos con una maravillosa librería de viejo en la que metimos las narices hasta el fondo, durante largo tiempo (Librairie F. Jousseaume). 

Salí de allí con una guía de viaje de l`Espagne, escrita en aquellos años en que en aquél país tan peculiar, había una República, la segunda, al decir de los lugareños. Un texto repleto de tópicos deliciosos con los que no hay forma de identificarse (¿no pasa lo mismo  con los horóscopos?).

...

Hay constancia fotográfica del hecho porque alguien tuvo a bien hacerme una toma en la que aparezco en los jardines del Palacio Real leyendo el susodicho libro. He de poner en su comunicación que el disparo no fue motivado por la admiración, o por la curiosidad, ni siquiera por un leve afecto, sino que fue realizado tras una súplica recalcitrante que no tiene justificación alguna y que incluía un torpe posado. 

Es algo que me pasa habitualmente. Sin no lo pido, no hay Dios que me haga una foto. Tengo en mente relatar este rasgo de mi persona en verso alejandrino. Revelaré la frustración de quién siempre detrás del objetivo no encuentra quien le retrate. Haré relación minuciosa de las causas: un perfil insostenible, una frente arrugada, una nariz inconcebible, unas orejas inconmensurables, una barbilla austriaca, un belfo equino, un gesto siempre esquivo, unos ojos hidrópicos, unos pómulos psicóticos. Afotogenia: grave trastorno genético que de no saberse tratar a tiempo redunda en crónico.

...

Se nos hizo la hora de comer y lo hicimos en un también “característico” restaurante judío. Una especie de “bocata” de esos en los que te pone la carne en los kebab, pero repleto de cosas judías. Unas bolas rebozadas de no sé qué especie de puré de garbanzos. Esto tiene un nombre, una forma de hacerse entender con precisión. Pero, y no es que desee que no me entiendan uds., nada más lejos de mi intención, resulta que enterarme de cual sea el dicho nombre me va a suponer un esfuerzo tan ímprobo que no merece la pena (como todo esfuerzo de tales magnitudes).

Ya satisfecha nuestras necesidades nutritivas volvimos a aquella tan prometedora galería de fotografía antigua. Inauguraban una exposición compuesta por fotografías, dibujos y pinturas, de un artista de cuyo nombre nunca tuve intención de acordarme. Un tipo encantado con los tipos, a los que retrataba con una mirada sugerente y atractiva... para los tipos. Y allí estábamos Lara y yo, heterosexualmente inadaptadas al medio reinante, haciendo pasar ante nuestros ojos grandes formatos en blanco y negro, de grandes maromos dispuestos para la lascivia de otros maromos igualmente grandes, aunque algo más envejecidos (tal era el público). Y yo que pensaba encontrarme retratos de militares embigotados, madres con sus niños, familias con bombín, edificios viejunos, paisajes paradisíacos... 




DÍA PRIMERO


Me dirigí en autobús hacia Bilbao. Una vez allí, cogí el correspondiente hacia el Aeropuerto. Ya en tan egregio lugar, me comí un platano, cuya monda lironda no pude tirar a la basura porque, por motivos de seguridad, no hay papeleras en el recinto. 

La seguridad, ya ven, nos ha vuelto, además de paranoicos, un poco guarrillos. 

De Bilbao, volé a las tres de la tarde hacia París, para aterrizar en el Aeropuerto de Orly, donde dí con una navette que por el módico precio de 6 euros (¡) me llevó a una boca del metro de la línea 7. Sumida en el submundo di con mis huesos y mi maleta en el Kremlin-Bicetre dónde, a pesar de mis continuos temores, supe encontrar, ¡tan familiar me resultó todo al primer golpe de aire!, el hogar en que mis amistades me acogían. 

Claro, que mis acogedores amistades no estaban en casa, motivo por el cual, tuvieron a bien haberme proporcionado anteriormente las llaves que me franquearan su espacio de habitación habitual. 

Tuve un pequeño problema con la clave de acceso al portal. Por más que presionaba los números indicados, aquello no cedía. Gracias al cielo protector, que sin duda velaba por mí, un vecino saliente me permitió acceder y llegar a mi destino, en el que decidí restar queda pues tan peliagudo había sido alcanzarlo.

Me hubiera gustado salir a comprar unos crusanes con que honrar a mis benefactores a su llegada, que no habría de ser mucho más tarde, y en su lugar me salí al balcón a fumar, a asomarme para recibirles con gritos de alegría al verles cruzar la calle y a escribir unos extraños garabatos, bien poco inspirados.

...

Sepan, para terminar el relato del día de mi llegada a París, que el frío de la terraza y la oscuridad de la noche que se avecinaba sin remedio, me obligaron a volver al interior de la casa. Así que no pude gritar alegre desde el balcón, cual Heidi treintañera, para recibir a mis amigos. En su lugar husmeé sin pudor la biblioteca del salón. Aprobé el gusto de mis amistades e inicié la lectura de El jardín de las dudas, de Savater, en el que estuve sumida, suspirando por Voltaire, toda mi semana parisina.



Relación del viaje


Siempre he tenido un particular aprecio por los relatos de viaje: Aquellos escritos minuciosos que narran las aventuras surgidas en los más grandes y azarosos transcursos. Desde La Odisea hasta La vuelta al mundo en ochenta días, he procurado devorar con devoción el difícil deambular de mis héroes por los más exóticos parajes. 

Más de una vez, yo misma, llevada por ese purrito extravagante que me enrojece las carnes, he tenido el atrevimiento de escribir mis avatares en tales circunstancias, sin ningún éxito. 

Sea por que mis salidas del terruño han carecido del más mínimo interés, sea porque no me alcanza la pluma (oissss) para darles a los eventos la perspectiva que los haga atractivos, no he sabido superar la monótona enumeración de horas y medios de transporte, de puntos de partida y destinos pasajeros...

viernes, septiembre 12, 2008

SEPAN

cuantos la presente vieren y entendieren que 

yo

Remedios Barto


Reina de los Desamparados, de las Indias (y los indios) orientales, marquesa de la Pampa (¡pamplinas!) y señora del primer valle por el que pase:

Parto este lunes, 15 de septiembre del año que nos corroe, a Bilbao, para desde allí volar a París.

Que en París volveré a negarme a subir a la Torre Eiffel y a peregrinar al Pere-Lachaise, con la esperanza de propiciar así “la próxima vez”.

Que allá estaré hasta el siguiente lunes, 22 de septiembre del año que sigue corroyéndonos, en que volaré de nuevo, avión mediante, a Barcelona. 

Item más, que a la fuerza habré de toparme con La Mercé, señora, al parecer, de mucha enjundia, pero a la que no sabré que decir por aquello del idioma.


Y que cuando regrese, pues siempre vuelvo, tal vez en autobús, tal vez en tren, por mucho que lo haya intentado, no seré ni más sabia, ni mejor persona.

Y que, por ello, me rasgaré las vestiduras y mesaré mis cabellos, lloraré amargamente y no encontrarán consuelo mis orillas. 


Y para que conste lo firmo y rubrico con este sello de placa.



jueves, septiembre 11, 2008

Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Qué poco mundo tenemos, Manolo...

- ¡Que me llamo Jaime, joder!

- Perdona chico que me he inquivocau.

- ¿Te gustaría, a caso, que yo te llamara Lola?

- Ni siquiera me has preguntado el nombre, así que no me vengas ahora con remilgos. 


- Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Y que lo digas, reina.

- ¿Para qué habremos salido del pueblo, si nos ha dado lo mismo?

- Lo mismito, vamos. Igual aquí que allá.

- Si cada vez que viajamos, para ver mundo, no nos enteramos de nada.

- Tienes razón.

- ¿Recuerdas, a caso, como era la catedral de Beauvais?

- Mucho grande, mucho grande y zás, se les cayó.


- Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Ay, Eloisa, ay.

- Apenas venimos de nacer.

- Y yo, sin embargo, ya te quiero para toda la vida.

- Manolo, Manolo, que no nos quitamos el pelo de la dehesa ni con caramelo hirviendo.

- Querida, yo no te quitaría ningún pelo del cuerpo, ni esos hirsutos que díscolos se yerguen en los momentos más inoportunos.

- Manolo, Manolo para el poco mundo que tenemos hay que ver lo que gozamos.


- Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Poco, muy poco.

- Mira que a mí eso me frustra mucho

- Pues no te de frusfrus por fruslerías, cariño.

- Si es que no me entiendes. No comprendes que el verme tan raquítica me destroza el alma.

- Sin exagerar, que buenas carnes te cuelgan, que bien lo sé, que con ellas me satisfago.

- Ves, lo que yo decía...


- Qué poco mundo tenemos, Manolo.

- Y cómo se aprovechan de nuestra ignorancia.

- Date cuenta de que no hace falta tener grandes cualidades para chuparnos las entrañas.

- Luego tenemos menos mundo aún del que pesamos.

- Pero ¿pensamos?

- Va a ser eso.

Reincidiendo sin remedio

martes, septiembre 09, 2008

Virtudes sin remedios.



Poseo una extraña virtud, a la que encuentro tantas ventajas como inconvenientes: No tengo ninguna credibilidad.

 

Cuando aún practicaba el noble sacramento de la confesión el santo padre que escuchaba mis pecados en lugar de darme la absolución se negaba a reconocer la gravedad de mis faltas. Pero... balbucía yo... Y él, magnánimo, me cacheteaba la mejilla y, burlón, me despachaba sin oraciones de encargo. 

Yo no sabía si quedarme aliviada por mis bondades o maldecir a aquél cegato que no me limpiaba las culpas meas.


Hoy, voy sin pudor declarando mis amores, porque los afectados reciben el mensaje como otra gracieta más y no se dan por aludidos. Esto me libra de otorgar las múltiples satisfacciones que prometo en mis ardorosas palabras, hercúleos trabajos imposibles. Pero me deja, también, tal cual me ven, con el espíritu harapiento.

Y así sigo. Lanzando requerimientos sin ton ni son bajo la salvaguardia de que nadie se los toma en serio.

Confío en que así sea por mucho tiempo. Porque el día que alguien, inocente, me someta a consideración sincera ¿cómo saldré del brete?


viernes, septiembre 05, 2008

Zorpreza...



¿Recuerdas? Amenacé con hacerlo. 
Hecho queda

jueves, septiembre 04, 2008

Memento...

Esa puerta...


Me acabo de dar cuenta de que hay un montón de cosas que me pasan abriendo una
puerta
No siempre es la misma puerta, pero siempre es una puerta
Esto me ha hecho reflexionar seriamente y plantearme la posibilidad de no volver a abrir una puerta nunca jamás. 
Pero me acabo de acordar del bueno del Dr. Malcolm Crowe y he tomado la determinación de dejar de comportarme como una gilipuertas. 


NOBEL



Abrí la puerta y allí estaba, en mitad del pasillo, con las orejas en punta, ladeando la cabeza como diciendo “ah, eres tú”. Dejé precipitadamente los bártulos en la cocina y cuando regresé, correa en mano, ya no estaba.
Nobel, Nobel, grité. Miré en la habitación de Julia y ví sus cuartos traseros asomando por debajo de la cama. ¿Cómo diantres será capaz de colarse por tan estrecho recoveco?
Renuncié a mi bipedismo habitual y reptante le enseñe la correa. Mira, mira, vamos a la calle. Con displicente parsimonia me ignoró. Pero Nobel, bonita, cosita de mamá ¿no te apetece salir a dar un paseíto? Ni un leve bufido de negación, ningún gesto que permitiera corroborar mi presencia.
Está bien. Me recompuse con la dignidad herida y recordé que lo que más me gustaba de Nobel era precisamente su faceta epicúrea. Esa capacidad suya de no prestarle atención a nada. Ese eterno vivir hecha un ovillo, sin más preocupación que no tener preocupaciones.
Decidí intentarlo después de comer y comí intentando no ruborizarme por el desprecio sufrido. Convertí cada batir de mandíbula en un arrebato de autoestima y cada ascensión descendente de mi glotis en una tranquilizadora reflexión.
Con los postres llegué a la conclusión de que aquella perra me tenía manía, me odiaba pero ¿por qué? Qué le he hecho yo, sino admirar su saber estar no estando. Me derrumbé. Y con lágrimas en los ojos le supliqué que perdonara cualquier agravio cometido. Se relamía los bigotes, sin decirme nada. Nobel, por favor, dime qué te hecho para que así me maltrates.

No encontré respuesta.

Es lo que suele pasar cuándo le hablas a una perra. Que no te responde.

jueves, agosto 28, 2008

TABERNAE

Hay aquí, como en otros tantos lugares, cantidades ingentes de bares, tabernas, pubs y sitios varios donde hundir las miserias en alcohol y en la mejor compañía. Cuando vine para estudiar, y de eso hace ya bastante tiempo, unos once años, no me interesaban en absoluto aquellos antros de perversión en los que olvidarse de las responsabilidades. 

En lugar de menear el esqueleto y olisquear el esternón de los comprades procuraba yo mejorarme con el estudio y el contacto con seres elevados. Y esto hasta en verano, en que me apuntaba a variados cursos estivales, algunos de los cuales me permitían entablar fructíferas relaciones con gentes de allende los Pirineos. 

Consideraba yo a los gabachos, y creía que con fundamentadas razones, más listos que nadie. Habían hecho miles de revoluciones y gozaban de un bienestar social envidiable. Con ellos departía amigablemente buscando aquél atisbo de progreso que tanto necesitaba. 

Claro que, los franchutes en cuestión, venían aquí de misiones. A pasárselo bien comiendo tortilla de patata y bailando flamenco (¿flamenco aquí en el borde de la meseta?). Venían en busca de la España negra de pandereta y aunque nada quedaba ya de aquello, lo encontraban. ¿Será posible? 

No supe yo de la existencia de aquella taberna castiza hasta que no me llevaron los progresistas aquellos. Está escondida en una esquina oscura y nadie, en principio, se atrevería a atravesar su umbral. Es un milagro de la conservación que ha resistido el embate de los tiempos. Allí se reúnen tipos variopintos a beber, tocar la guitarra y cantar melodías hermosas, rescatadas de las gargantas de Machín. 

La taberna en cuestión muere ahora de éxito. Repleta hasta la bandera es imposible ya acercarse a disfrutarla. Su principal virtud es, sin duda, su capacidad evocadora. En la era de las discotecas Pachá, era un reducto de calma chicha. En los tiempos de Second Life, un espacio tangible. Más que cualquier catedral o cualquier clase de historia, es el pasado vivido en el presente.

Y yo supe de su existencia por los franceses, que vienen aquí, todavía (y ved si ha llovido desde Gautier), a buscarnos el exotismo que ya no tenemos (¡qué nunca tuvimos, joder!). ¡Serán cabrones! (¿Haremos nosotros lo mismo cuando viajamos a Cuba, por ejemplo?)


Y es que la nostalgia es una cosa mucho mala, porque es fuerte e irrefrenable ¿Qué podemos hacer para no rememorar continuamente el pasado idealizado? Nos pervierte la visión del mundo y exalta a la Bruja Avería, los dictados y las botas catiuscas, en detrimento de los mensajes de móvil sin vocales y las horas consumidas en la Play Station.

 

Ahora, once años después, me arrastro por las noches de garito en garito y tiro porque me toca. Mis huesos y carnes tolendas se depositan con cronométrica precisión en cada uno de los sitios conocidos, sin ansias ninguna de abrirse a “nuevas experiencias”. Que son las once, una cerveza aquí. Que las doce, un copazo allá. Que la una, un baile acullá.  Con sorpresa vengo percibiendo pequeños cambios en mi cotidianidad, introducidos como quién no quiere la cosa, pero que a mí me laceran como una ofensa escupida entre ceja y ceja. ¿A qué viene forrar nuestros tradicionales contoneos de las dos y cuarto con esta mierda de publicidad de Bacardi? Oh, sí, seguro que molan un mazo todas esas pantallas en las que se repite la misma puta escena todo el rato, como si el pobre Sísifo estuviera condenado a darle al play toda la vida. Sí, sí, y que “tecnifiquen” todas las canciones bombardeándolas con chundaschundas es genial.

Vamos a ver si en aquel sitio en que nos ponen la música de las verbenas se nos pasa la taquicardia. Y, oh sorpresa, al encontrar en aquel lugar a las mismas personas que estaban en el otro, estropeando, a mis ojos ebrios, el ambiente. Ambiente.

Me casaría en Soria. Pero, quiá, si en realidad lo que me jode es no haber sabido evolucionar y no lograr encontrarle el encanto al Second Life. Igualica, igualica que su padre, oiga, que de cada cinco veces que tiene que responder al móvil acierta una y de casualidad.

miércoles, agosto 27, 2008

Con V de Vendetta

Este post está dedicado a uno que, sin faltar a la verdad, me ha llamado fea. 
A mi lista de atributos puede añadir el de mepicocomounamona.




Acá el llamado "Hipopótamo bailarín" o "Hipopótamo Tra Tra", en ningún caso denominado obsceno.


Y ya puestos a homenajear al personal...





¡Joder lo que me estoy riendo!


martes, agosto 26, 2008

Desmemorias

Al principio creí que sólo tenía alguna laguna en la memoria. Era bastante el tormento, aún así: no saber dónde se estuvo ni qué se hizo durante extraños lapsos de tiempo. Pero llegué a asumirlo como normal, fruto inevitable de las ingestas alcohólicas. Se bebe para olvidar y en lugar de eso, de erradicar la angustia, permanece ésta para añadirse a la que producen los blancones de la noche oscura. Bueno. Vale. No es el remedio. Pero aquí a mis colegas les hace hasta gracia... ¿cómo es posible? se preguntan divertidos.  

Pero ahora, entre los vacíos del recuerdo se mezclan imágenes oníricas a las que no sé si debo dar crédito o no. ¿Lo soñé o pasó? Y como tengo la mala costumbre de disolverme en la soledad, de separarme del grupo para aislarme brevemente y resurgir más tarde como si nada hubiera pasado, no tengo testigos que me lo corroboren. 

¿Me cogieron de la mano y yo no dije nada? ¿Me recriminaron la conversación cuándo locuaz de nuevo recuperé el habla? Por qué si nada pasó tengo la conciencia cargada de extraños vapores que arañan, que escuecen. 


Tíos, qué bueno...

Qué no, qué no. Definitivamente no me gustan los tíos buenos. Esos tórax depilados. Esos brazos perfilados con cincel. Las sonrisas brillantemente burlonas. Brad Pitt estropea todas las películas en las que aparece. ¡Jesucristo! ¿quién se cree a ese Aquiles llorando? Cómo se puede llorar tan mal. Por Dios. Se salva Héctor, porque su mirada estrábica se pierde irremisiblemente, y evoca pensamientos oscuros, lejanos, inalcanzables (soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte, etc.).

¿De dónde diantres sale tanto cuerpo danone? Dónde encontrarle el encanto al mármol idealizado, al bronce seco de los efebos griegos. 

Ven tú, desarrapado, que en tu mirada parece asomar la chispa de la inteligencia, aunque sea fugaz, como fugaz lo es todo, hasta el pensamiento acertado y lúcido. Tú que tienes algo que te distingue, eso que es de verdad, que no se lo ha imaginado el artista para sacarlo del bloque pétreo de Carrara. 




P.S. Como bien pueden imaginar yo tampoco les molo nada, ni un pelo, a los tíos buenos ¿estaré despechada?

miércoles, agosto 13, 2008

MADRID Y AGOSTO

Si a cualquiera de uds. (ya sé que no son muchos, y que la mayoría son conocidos, pero bien saben que me pierden las retóricas hueras) les ofrecieran ir en Agosto a Madrid no dudarían en negarse rotundamente: Vamos por Dios. Todo el mundo (que puede) se va de la capital en tales fechas ¡por algo será! 

Imagino que las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y la Blanca Paloma, allí en eso que llaman el Distrito Centro y que es a saber lo más castizo del casticismo (las delicias de Unamuno), no sería suficiente aliciente para uds. los sabios que se agostan en la costa. 

Pero resulta que a algunas, a nosotras mismas, por ejemplo, Lavapiés nos fascina. Desde que supimos que era algo más que una calle del Monopoli y mucho mas que una constante televisiva no vacilamos ni un instante en acudir a mirar al sol allí dónde el sol tanto aprieta. Que hasta a las ocho de la tarde eleva la temperatura a cuarenta y subiendo. 

Sudando, picadas por miles de mosquitos, avergonzadas de nuestra escasa capacidad de  remar, tiradas en el sofá suplicando al ventilador que por favor se acelere, incapaces de hacer funcionar un tocadiscos (qué pronto se nos olvidan los aprendizajes de la infancia), recordando viejos tiempos y augurándonos un futuro lleno de gatos, hemos consumido un fin de semana en la capital del reino.

Y será la ignorancia, o el pelo de la dehesa, pero los madriles son flipantes. Todo fascinante. Desde le hippi de verbenas que te pide tabaco y no hace más que eso, el cabrón, pedirte tabaco, hasta el rastas insensato que apaga el suyo en nuestro catxi (mini lo llaman allá). Desde el tipo ese de Cuenca que cosecha en Lerma y al que no se encuentra nada más que decir, por mucho que se piensa y se repiensa, y se vuelve a pensar. Hasta aquellos otros que llevan una camiseta de Criticar X Criticar y que si fueran en busca de Bisbal pues ni tan mal, pero yendo a por tecno..., la cosa cambia. 

Y así, con los ojos como platos, fotografiándonos en todos los escenarios posibles, con la regla jodiendo la marrana, hemos estado haciendo la nada como el más elevado logro. 

Me ha dado por llegar a la brillante conclusión de que la culpa no es de Madrid. Ni del calor. Ni del barquero que no da instrucciones. Ni de la inflación. Ni del mercantilismo. Ni del terrorismo de Estado en Colombia. 

Lo siento, chicas, no sé por qué, pero la culpa es nuestra. 

Che, boludo, no sos vos... etc.


JACK DANIEL'S

Abrí la puerta. Frente a mí un hombre, enorme, de piel tostada, en traje negro, con los dientes de la sonrisa blancos y blanca la corbata.
- Este es mi amigo de Tennessee, Jack Daniel's - me dijo Ana, colgada de su brazo.
Me quedé paralizada admirando aquella construcción inverosímil ¡quién podía haber traído al mundo a una criatura tan perfecta? Caí al suelo de rodillas y casi con lágrimas en los ojos logré balbucir algo así como “encantada” o “encandilada” o “en todo lo lo que quieras, hijomíodemivida”.
Él soltó una risotada que me retumbó en las costillas, dejando ver su lengua rosa, mullida. Hizo ademán de rescatarme de mi indigna posición cuando ya trepaba yo por sus solapas buscando ansiosa mejillas con las que cumplir el ritual. Era todo un caballero, sin duda, pues las ofrecía dadivoso, aunque sin dejar de reirse.
- Pase, pase, señor Daniel's - añadí a continuación con la libido enrojeciéndome el rostro.
- Ah, pero no, por favor, tutéame y llámame Jack.
Tenía la voz grave de los cantantes de Soul y un leve acento extranjerizante que invitaba a ofrecerse con logopédica disposición.
- Lo probarás ¿no? - añadió Ana.
Aún guardaba en mi paladar el gusto dulzón y empalagoso de la tarde con Etxeko. Aquél navarro pelirrojo, con las endrinas tan bien puestas, que acostumbra a ahogarme las penas. El nuevo manjar se me antojaba demasiado elevado para mis rústicas costumbres. Así que dudé.
Y mientras dudaba y dudaba, me ofrecí a quitarle la chaqueta, que hace calor. Y a aflojarle la corbata, que estamos entre amigos. Y ¿por qué no? a deshacer, definitivamente el nudo y desabrochar los primeros botones de la camisa comprobando que el bronceado es homogéneo. No dudes en remangarte si estás más cómodo y si quieres puedes seguir con los botones...
Recuerdo que sonaba música de los años ochenta. Grandes clásicos que soy incapaz de identificar ¿Dónde diantres estaba yo en tan señaladas fechas? Hay que joderse, que le pongan a una un Jack Daniel's a ritmo de The Doors y sólo pueda acordarse de la gilipollas de la Susanita y del imbécil de su ratón.


jueves, julio 31, 2008

FRÁTERES

Ayer descubrí que mi otro hermano me ha descubrierto en la Red. No fue difícil: Me llamó por teléfono para decírmelo. Lo curioso del caso es que yo le anuncié la existencia de este mi blog hace siglos y va el tipo y se me desayuna a estas alturas... 
Otra lanzada más contra mi vanidad. Yo exponiéndome divina ante un público que no me echa un ojo ni por casualidad. No me negarán que como cura de humildad es eficacísima. 
Cuando empecé esto, tenia la vaga esperanza de que el anonimato sacara de mí el lado oscuro que todos los jedis llevamos dentro. Creí que amparada bajo un pseudónimo sería capaz de desnudarme como el Robbie Williams en el video aquél (en el que tampoco le hacían mucho caso, la verdad). Ya saben, confesar los más profundos e irreverentes pensamientos. Subvertir, por fin, todos los valores. 
Pero, claro, al final ha resultado que no tengo nada en lo jondo.

 

No he logrado advertir ninguna anomalía extraña en mi ser. Vaya mierda. Soy una bloggera normal, que no cumple con los plazos impuestos por su propia voluntad (?), y que no logra hacer atractiva, ni por asomo, su diaria cotidianidad, ni aún la nocturna y alevosa. 
Y ni siquiera tengo una afición friki, en plan comics o pelis de serie B, que compartir con gafapastas sesudos. 
Tampoco me encuentro ninguna vena poética que desgarrar sanguinolenta y dejar brotar sin sentido (¿aparente?) ante los ojos estupefactos de cualquiera. 
Vaya mierda: No tengo encanto, encanto.