lunes, marzo 17, 2008

Corre, Forest... corre...

También en Juno hay un tipo (¿de qué me sonará su cara? creo que todos le hemos visto alguna vez, en algún sitio) que no para de correr. Y en Apocalypto, aunque no venga al caso, están, también todo el rato corriendo. Tanto que sale una del cine agotada. 
Ahora quienes corren, quienes huyen de los mayores, son un grupúsculo adolescente extraños (aunque ninguno tanto como Juno).
Resúltase que mi hermano, menor en edad, sobresaliente en todo lo demás, temeroso de embrutecerse,  según asegura,  gracias a su nuevo estatus de de mil eurista, se encuentra rellenando sus estanterías de comics o tebeos, o como cojones se llamen. 
De vez en cuando,  no me pregunten por qué, habla conmigo. Hasta me cuenta chistes. Y yo, que me ilusiono con cualquier cosa, le escucho ávida, intentando, incluso, leer entre líneas. Insiste, luego, en que lea no se qué. Y me lo da. Y yo me lo leo. 
Runaway. O, como diría yo misma, que soy de pueblo, corre pa' llá. Al parecer los vendedores de comics o de tebeos o como cojones se llamen, andan muy preocupados por las ventas. ¿De qué árbol se habrán caído? me pregunto yo, inocente, que siempre he creído, a pies juntillas, que el mérito de los comics o tebeos o como cojones se llamen es, precisamente, que son cosas exquisitas reservadas a minorías igualmente exquisitas (no se me ha notado mucho, pero lo de la exquisitez lo he dicho con un pelín de sorna). 
El caso es que, como los vendedores, americanos, nortamericanos, perdón, de comics o tebeos o como cojones se llamen, han contratado a un tipo que se encarga del marketing, han empezado a querer ampliar sus reducidos grupos de lectores. Y, no se lo pierdan, como resulta que las niñas no leen comics (esto certifica que yo, no debo de ser una niña, pues he pasado aquello que recuerdo como tierna infancia entre Mafaldas y Fuera Bordas, pasando por Crepys perdidos, y zonas 84 encontradosa) están obsesionados con ellas, como Rajoy, vamos. Tienen una niña en la cabeza y quieren que lea comics o tebeos o como cojones se llamen. 
Pero claro, las niñas de ahora, son un pelín góticas (?) y las aventuras de Esther les importan un bledo.
No tengo ni pajolera idea de quién se leerá Runaways. Ni me importa. Sólo diré, que los comics, o tebeos, o como cojones se llamen, se alimentan de sí mismos: Como la televisión. Así, cojones, no hay forma de iniciarse desde cero. Claro, que, no nos engañemos, de una u otra forma todos hemos llegado a saber quién es el Capitan América o Spiderman. De algo nos suenan. Pero no tanto como para saber el nombre de pila del adolescente que acompañaba al del escudo, o los nombres propios de todas las novias del de las telarañas. 
Vamos, que los Runaways me han resultado medianamente entretenidos, pero que me mola más el Paracuellos, Frater, me perdone ud.

miércoles, febrero 20, 2008

Sobre la verdad y la mentira

Ah... qué se pensaban uds. qué realmente iba yo a atreverme a tratar tales temas. Perdonen que se me despliegue, resignada, la sonrisa. 
Una vez me compré un libro que se titula El hombre y la verdad de Zubiri, creyendo inocente de mí, que algo entendería. No logré enterarme de nada. Por ahí debe de seguir mi lapicero feroz (mordido por todos lados) perdido entre sus páginas iniciales, de las que nunca logré salir. 
Recientemente mi padre preguntó por él. No por él mismo, que bien podría ser, sino por el libro. Que dónde estaba. Que quería volver a echarle otro vistazo. ¿Volver? Pero ¡padre! no me diga que se lo ha leído ¿y ha entendido algo? No es que dude yo de las entendederas de mi progenie. Nada más lejos. De hecho, les tengo mucha más confianza que a las mías propias, porque son mucho más grandes y vigorosas. La pregunta no iba con segundas, que no. Que se me escapó sin querer. Me salió de sopetón sin tiempo para retenerla. 
Lo curioso fue que al rostro de mi pater me pareció ver asomar una duda. Una sombra oscura, un leve cargo de conciencia. ¿Por qué no habría de entenderlo? Nubarrones oscuros que pasaron fugaces y se diluyeron para siempre. 
No sé que es la verdad, ni si existe. Me conformo con asumir la mentira como algo cotidiano. Les contaré mi secreto de supervivencia: Suelo decir la verdad cuando quiero que nadie me crea. Habrá a quién le suene duro. Ahora mismo que lo leo, casi me recorre un escalofrío. Pero, quiá, si la pereza es la madre de los vicios, que la costumbre lo sea de las virtudes. Nada como acostumbrarse.
¿Oyen uds. un bolero?

lunes, febrero 11, 2008

BAILÉN (bailen uds.)

Sé que hay gente que a veces me lee. Mayoritariamente por error, al buscar remedios baratos para algo. 
No obstante ha llegado a mis oídos que hay alguien, tan pegado a su nariz como a un retrete (no es incompatible, aunque se sufre mucho), que incluso me ha buscado en la Red. 
Me recrimina, no muy a menudo (con poca insistencia), que no actualizo mis letras. Y mis historias de hastíos le suenan a milonga mal cantada.
Estimado Zanahodia:
Estuve en el Prado. Me hicieron sacar el ordenador y encenderlo, no sé para qué, pero aproveché la ocasión para gritar a los cuatro vientos TENGO UN MACBOOK de trece pulgadas como trece rosas en el paredón, de color blanco, al que la manzanita le brilla con inusitado esplendor. A continuación, excediéndome en el celo, empecé a quitarme la ropa para demostrar que no voy cargada y que tengo las carnes turgentes, pero les pareció mal a aquellos mismos que, sin ningún pudor, delataron el escondrijo de mi Mac.
Para ampliar horizontes me dirigí a la Ampliación, de estrechísimas escaleras mecánicas. Necesitaba con urgencia VER pintura decimonónica: Tanto daguerrotipo, minúsculo y blanquinegro me tenía trastornada. Jesucristo de mi vida, tú que nunca fuiste una niña como yo. Qué alivio. Colores a mansalva y en gran formato. 
Caminandito, caminandito llegué a la sala de las joyas de la historia y allí, querido, estaba La Rendición de Bailén (y Juana la Loca, loca, loca, por duplicado, mandando callar que no despierten al muerto y atravesando Castilla (tan ancha como estrechas son...) con el idem), y la macabra campana del macabro monarca y aquellos que fusilaron en Torrijos, todo dignos y altivos, etc...). Ejemplo del valor aleccionador de la Historia, creadora de patriotas. 
Ahora que "semo´ cidadanos urupeos", y que no deben emocionarnos ni las tisis ni las malasquerencias, sino las tetas y los paraísos, no sé como habrán de mirarse los cuadros, ni la Hisoria. Yo, Walter, tuve que sostenerme las lágrimas y contenerme para no lanzarme en los brazos del primer galán de turno que me mirara furtivamente. Mm... ¿he dicho galán? Quería decir dandy, pecando en ambos casos de cierto anacronismo, no digo que no.
Y así, todita ruborizada me topo con el Desconsuelo de Llimona. 
"Recompónte, ponte Remedios" Y para desintoxicarme me regresé a Velazquez, para tornar por Goya. Pero tanta real familia (REAL y FAMILIA, ni más ni menos), no logró sacarme de mis desvelos.
Y así, estimado, regresé por donde vine y encuéntrome en el mismo punto del que partí.
Confío me siga leyendo, sobre todo cuando no escribo.

jueves, enero 24, 2008

Venga va... No es tan difícil. Cuatro letras, y ya está ¿a caso te crees que hay que pararse a pensar? No mujer, no. No hay tormento que valga. Puedes hasta poner faltas de ortografía. Lo único que no puedes es abandonarte a la inacción. 

miércoles, noviembre 21, 2007

Hoy cumlo 29 años y no hago más que recibir mensajes contradictorios. Estoy confusa. En el curro (o como se llame) me han asegurado que son pocos años (no me fío de esas pécoras, capaces de asegurar la bondad del diablo sólo por agasajarle). Mis colegas del mus, coinciden, y ellas, seguro, que no me mienten (son las mejores tirándose faroles, pero no se cortan un pelo a la hora de advertirme que tengo colgando un moco). Mis amiguitas las pelanduscas me miran con pena, y tuercen la cabeza, mientras me aseguran que aún no tengo treinta. Las que viven en la capital, sin tapujo ninguno me han llamado vieja y ¡pelleja! a la cara.
Y yo, que sigo calentando los tapers de la mía mamma en el micro. Que sigo compartiendo un piso, tan cutre como acojedor. Que aún soy becaria. Que no dejo de emborracharme ningún fin de semana. No sé que pensar. Me atrevería a jurar que aún tengo 18, a juzgar por lo lo juvenil de mi precariedad. Pero el carné no engaña. Pone 1978 y estamos en el 2007.
Por más que la busco no la encuentro, la inspiración. Y sé que esto les pasa a muchos. Algunos intentan paliar tan nefasta ausencia trabajando por aquello de que es así como debe pillarte la musa.

miércoles, octubre 31, 2007

No voy a disculparme, pero llevo un año mintiendo.
Hubo un tiempo en que sí, la afirmación era cierta: Tenía 27 años. Pero de eso hace ya...
El proximo mes, un día de los que le componen, haré 29.
Me he saltado los 28 por vergüenza. Porque no merezco tenerlos.
Ahora camino cavizbaja hacia los treinta que espero sean piadosos con mi infancia, magnánimos con mi adolescencia y displicentes con mi juventud.
Dicen que intentaba juntar las letras, y que a veces le salían palabras. Los más avispados aseguraban que sufría un trastorno en su desarrollo y que no lograría ¡jamás! formar una frase. Hubo quién recordó a los sesudos lo del 31 de octubre del 2003, pero en seguida atajarón su defensa citando la sentencia del Tribunal Supremo que certificó lo casual del acontecimiento. Ella, mientras tanto, ajena a los gritos, seguía jugando con los cubos, de seis caras cada uno, con una letra por flanco. Un anciano, que pasaba por allí, inadvertido, la felicitó por lo bonico de la construcción.
Tengo poco tiempo, se decía así misma, mientras se apretaba el vientre, fuerte, con ambas manos. No voy a llegar, y a su paso: el hedor de la muete, el reguero pestilente del que abandona la vida. Lanzó el brazo para hacer llegar su mano al mecanismo de apertura de la puerta, pomo, lo llamaba su madre, picaporte su padre, nunca se pusieron de acuerdo en nada, pero no pudo ser, en el momento en que aflojó la sujección del vientre, liberóse el intestino de su débil represión. El cuadro resultante... No puedo seguir, no puedo seguir.

jueves, septiembre 20, 2007

Pepito


Y de nuevo… dando vueltas sobre el mismo tema. Y me jode, porque me pongo muy pesadita y desprecio a los pesados. Me abomino pues.
….
El hijo puta de Pepito es un grillo negro como un coño negro y peludo, como un chocho peludo. El hijo de la gran puta es un pesado: nunca se da por eludido. El hijodeputa de Pepito es de la especie cojonera y me tiene mártir.
Pepito me dice que no existe, sino que es parte de mí, y su voz, con mi propio timbre me taladra las falordias, justo dónde la hipófisis pierde su nombre, para pasar a llamarse glándula pituitaria, allá en el occipucio o dónde quiera que more tan esponjoso miembro (de una sociedad a la que no quiere pertenecer).
Pepito no sólo trata de temas morales, como se pudiera creer. Es más, en ese tipo de cuestiones se llama a andanas. No, que va, a él lo que le mola es ensalzar al prójimo y denigrar a la menda lerenda. Veo que Pepito es negro verduzco, con irisaciones de glauco fosforito.
Me gustaría poder presumir de que todo lo humano me es ajeno, sobre todo esos vicios nefandos que llevan al fratricidio, o a acostarse con el marido de la peluquera (que de niño soñaba canciones de moros). Pero nada más lejos de la Verdad, que más que hacernos libres nos precipita al vacío ¡ Ojalá se limitara a envasarnos al idem!

miércoles, septiembre 05, 2007

Pelanduscas...

Quisiera poder hablar abiertamente de quienes me rodean, incluso de mí misma, pues no hago más que circundarme, pero no me atrevo. Será el pudor ¿será respeto?

Así que cambio de sitio las cosas para disimularlas. Y ahora salgo con Las Pelanduscas, paráfrasis poco lograda pero que espero logre mantener mis discretos propósitos.

jueves, julio 12, 2007

Santiago

Antes de encender el cigarrillo siempre lo golpeaba ligeramente sobre el dorso de la mano, como para asentarlo. Luego humedecía ligeramente la boquilla y se entregaba con placer a juguetear con el humo.
Pensaba en Santiago de Compostela haciendo memoria al hilo de las volutas. Procuraba huir de los lugares comunes de peregrinos cansado y de turistas quemados. No, no… Nada de nuncios papales saludando desde la fachada del Obradoiro.
Decidió perderse por alguna rúa o por la Rúa y llegar hasta la Alameda y sentarse junto al manco barbado y, evitando bromear con el acento, decirle ¡qué D.Ramón! ¿nos fumamos un peta?
Pero se dio cuenta de que no era un copito de nieve único en el universo. No era especial y cometería los errores de todos. Siguió fumando como fumaría cualquiera.

miércoles, julio 11, 2007

Misantropía

Padezco una marcada misantropía heredada directamente de mis padres a quienes Dios crió y juntó para separarlos del resto del mundo. También mis hermanos sufren tales rigores aunque cada uno a su modo, como yo misma, intenta eludirlos refugiándose en gentes acogedoras.
A pesar de los esfuerzos por superar el Mal que me aqueja, aflora espontáneamente sin que pueda controlarlo y me tuerce el gesto ante la multitud y sella mis labios a los desconocidos.
Así, cuando, hace años, en la facultad, a algún profesor pusilánime se le revolvía la clase y optaba por continuarla para sí mismo, yo no dudaba en levantarme de mi asiento y acercarme más al gurú a fin de alcanzar a oír alguna de sus palabras. Aquello me granjeaba ciertos desprecios que yo saboreaba desde mi incomprensible vanidad.
Ahora, cuando he de desplazarme, nocturna y alevosa, entre la muchedumbre, miro a las caras de aquellos a quienes rozo con algo de asco, y respondo a sus insultos faciales canturreando la canción que suene: “Tengo para tíiiiiiiiii….”
Quiero volverme minimalista. Nada de barroquismos. Yo me como las plazas mayores de Salamana y las fachadas del Obradoiro. No quiero ser funcional. Sólo quiero no ser. No estar. Desaparecer, como la bruja del norte, al contacto con el agua.
Qué llueva, qué llueva, la Virgen de la Cueva...
La cueva... Sí. Será suficiente. Aquí me quedo.
Esto ya es bastante complicado por sí mismo. Ya me cuesta escribir normalmente como para que ahora la máquina se me tuerza rebelde y no cumpla mis designios.
¿Me escuchas? Soy tu Dios, y si te digo que publiques con mi dedo omnímodo no ha lugar la desobediciencia.
¡Publica! o padecerás los rigores de mi ira¡
Publica! o desaparece para siempre, muere.
¡Publica! porque es mi deseo y no a otra cosa has venido a este mundo sino a satisfacerme.
¡Publica! pública.

martes, julio 10, 2007

L'Hospital

Llega a hospital, todos los días, incluidos los domingos, a eso de las nueve. Camina rápido, casi corriendo, y saluda con la voz alquitranada. Pasa la capilla, atraviesa el pasillo y cruza la puerta de la habitación.
En la silla de ruedas, con el camisón a la virulé, la anciana espera, o no, pues es difícil adivinar su estado de ánimo. Unas palabras que quieren ser reconfortantes y, con suerte, alguna respuesta ininteligible.
El desayuno es frugal, pero la lentitud de la ingesta puede llegar a alargarlo más allá de la media hora. Yogur a cucharadas, poco a poco. La anciana se relame, parece paladear con gusto el saborcillo lácteo. Aunque siempre cabe la duda de si no serán, sus vueltas bucales, sólo fruto del vacío dental.
Le coloca la ropa con mucho cuidado, temiendo, en cada gesto, romperle algo. La bata gris de verano. Arriba este bracito, adentro la manga. Ahora, igual con el otro. Muy bien. El cojín para las piernas envueltas en la manta de cuadros. La chaqueta y la toquilla. El pañuelo, al cuello.
Y a pasear, lentamente.

martes, junio 19, 2007

Soy mi peor enemigo.

Soy mi peor enemigo. Nadie puede hacerme tanto daño. Mi desorden, mi pereza, mi hastío. Mi pereza, mi desorden, mi hastío. Mi hastío, mi pereza mi desorden me hieren y destruyen día, a día. Minuto a minuto me hieren el alma.
¿Cómo combatirme? ¿Cómo encontrar la voluntad perdida?
¿Dónde la perdí?
Tal vez, nunca me fue dada.
¿Quién otorga tal don?
¿Es, acaso, como las virtudes teologales, algo que el Espíritu, Dios, entrega a su antojo?
Sí la voluntad es el secreto, todo se dilucida. No hay misterio.
Voluntad, clama la conmovida casta. Y nadie dirá basta, sino, adelante, a por ella.
Así pues, finalmente, todo depende de la Voluntad, divino tesoro.
Pero no creyendo, como no me ha sido dado, en divinidades ajenas, habré de concluir, religiosamente, que puedo sacarme la Voluntad de debajo de mi manga, cual tahúr.
Lamentablemente este descubrimiento, en vez de dilucidar mi camino lo torna más tortuoso si cabe, pues me carga con el peso de una gran responsabilidad. La responsabilidad de encontrar mi voluntad.
¿Dónde buscarla? Obviamente, sin más rodeos, ha de ser fruto de mi deseo. De dónde no puedo sino deducir que nada me es más difícil que desear. Pedid y se os dará, dice el Señor. Y aquí se me abre un mar de dudas, que no es Rojo piélago que se divide para que holle a pie enjuto, sino vinoso ponto en que me ahogo sin remedio.
¿Qué quiero?
¿Qué querer?
Porque, si, como parece, puedo forjar mi “destino”, permítaseme el desafortunado término, que, sin embargo, dada mis limitaciones, me sirve para entenderme, a mi libre albedrío, sólo en mi mano cabe mi propia fortuna. La Suerte, los Hados, no son sino fruto directo de mi deseo.
Pero, resulta, lo tengo comprobado, que desear no consiste en, como cuando niña, cerrar los ojos muy fuerte e invocar con la mente, e incluso con el verbo susurrante, lo que se anhela. Juegos de infancia que aventuraban, sin embargo, la semilla de nuestra futura salvación desde el convencimiento de la inocencia.
Al parecer, y aún no he podido confirmarlo, el deseo no es sino un objetivo para cuya consecución ha de calibrarse un plan minucioso, ordenado, disciplinado, inteligente.
Y dicho objetivo ha de configurarse según las cualidades dadas, de forma que no se pueda querer lo que no se puede querer. Quien diga que querer es poder ha de tener bien presente que el anhelo debe quedar enmarcado en las capacidades de que se parte. No puede el enano querer alcanzar de un salto la manzana del árbol, ni el gigante dormir en una minúscula gruta.
VOLUNTAD-DESEO-OBJETIVO-CUALIDADES forma el cuarteto apocalíptico que rige mi vida ¿será circunstancia? incluso sin yo saberlo. Y ha de plantearse, justamente, de forma inversa. Primero la cualidad, los talentos, será genética, que Dios-Padre, nos entrega arbitrariamente. Y aquí, la resignación, o la alegría, el conformarse con lo que se tiene. Hay que evitar a toda costa desear a la mujer del vecino. La envidia, ese pecado verde y viscoso que corroe, a decir de los antiguos, al españolito medio. Después el objetivo. Limitado, acorde. Con esto que tengo qué puedo hacer. Y las posibilidades, aún reducidas, aparecen como un haz infinito, miles de rayos que deslumbran. Un transcurso desconocido en el que hay que trazar el camino, caminando. Así, se descubre, andando, que el objetivo meditado, no es sino fruto de nuestro deseo, y se nos pierde el plan entre las manos. Y descubrimos, finalmente, que nuestra voluntad no es nuestra, o, que no podemos controlarla a nuestro antojo, que se pliega a los acontecimientos con que nos topamos, que no parte de la nada, de la tabula rasa, sino que se inscribe en una partitura. No se pueden sacar los pies del tiesto.
A mí, últimamente, me está dando más por la confusión que por la sorpresa. Más que asombro siento continua incomprensión, y no detecto más que contradicciones. Así que mis nuevos descubrimientos no me llenan de gozo sino de zozobra. Y esta inquietud, me es incómoda, pues se adhiere a mi natural indecisión convirtiéndome definitivamente en un fantasma. La protección del escepticismo se va tornando en crueldad. Y, aunque aún tiemblo, de miedo, todo parece apuntar, hacia la definitiva conversión en piedra.
Observad pues, terrícolas, mi transformación, mi particular metamorfosis, cómo la mirada de la Gorgona va a salvarme destruyéndome. Petrificáme, che, porque si no, flotaré en el río.
Corría un año cualquiera de la Era del Señor D. Gato. A juzgar por lo apretado de la temperatura, suponiendo que la temperatura tenga apreturas, sería aquella estación que unos dicen florida y otros taurina, con mentidos robadores y copas, y efebos apolíneos que te escancian bebidas de dioses. Gintonic, por favor. Horas: intempestivas; quitarse el reloj, como arrancarse las gafas, te deja desvalida, abandonada en un mundo borroso y atemporal.
Y así, sobre el cúmulo de nimbos cirrosos, contempló aquello que quedaba. Restos, nada más, de algo, que nunca fue. Las ruinas de una utopía son más tristes si cabe que cualquier desperfecto de lo que fué. De ésto, sacan los arqueólogos entretenimiento, de aquéllo, sólo lágrimas los tontos que creyeron.

lunes, marzo 19, 2007

Hablando sola (ya medio-publicado en otro sitio, creo recordar)

RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
- ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro la voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? no sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
- quien habla solo espera hablar a Dios un día -;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho donde yazgo.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Antonio Machado
Campos de Castilla (1907-1917)

Siempre me han llamado particularmente la atención estos versos de Machado:
“Converso con el hombre que siempre va conmigo
- quien habla solo espera hablar a Dios un día -;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.”

Será porque me preocupa sobremanera hablarme a mí misma.

Recuerdo que, cuándo frecuentaba a las devotas de San Francisco, aquellas dedicadas a la contemplación que querían sumarnos a sus filas, insistían en algo así como “enseñarnos a orar”.
Yo, siempre sumisa, acataba sus normas, y genuflexa en la iglesia me reconcentraba buscando aquello que ellas aseguraban se produciría: la comunión con Dios.
Desde mi supina ignorancia traduje en “hablar con Dios” el objetivo de aquellos extraños ejercicios. Y como nadie me sacara de mi equivocación me puse a hablar ni más ni menos que con la divinidad.
Entonces observé que el mismísimo Dios, de natural tan esquivo, hablaba conmigo con cierta naturalidad. Saltaron las alarmas y dudé de mi extraño privilegio.
Sometí al juicio crítico de un sabio sacerdote, que ha medrado en la jerarquía y seguirá haciéndolo, mis inquietudes.
“Oiga pater que cuando Dios me habla, ud. me perdonará, pero me da la sensación de que soy yo quien se habla a sí misma”
La pregunta es tonta sí, pero, hete aquí que la respuesta no le anda a la zaga: “Claro hijita, es que Dios te habla con tu propia voz, porque si usara otra tú te asustarías”.
No sé si fueron respuestas como esas las que me alejaron de la Iglesia católica, pero reconózcanme, cuando menos, que no demuestran excesivo aprecio a la inteligencia, por limitada que sea, del devoto.
Sea como fuere, adquirí cierta práctica en eso de hablarme a mí misma. No obstante, no lograba satisfacción alguna y me decepcionaba a cada paso, pues únicamente alcanzaba a advertir que soy una pésima interlocutora. Lo único que logré fue caerme mal.
Aún así, por buscarle utilidad al descubrimiento del soliloquio, me dio por traer a las mientes aquello de la mayéutica. Aquello de que toda nuestra sabiduría se encierra en nosotros mismos, siendo sólo necesario “darla a luz”, para que se haga expresa.
Esto sin embargo, asumidos mis torpes contenidos intrínsecos, no hacía sino lacerarme más, pues de tan escasa matriz, raquítico hijo iba a legar al mundo.
Así, me convencí de que hablándome a mí misma no iba a llegar a ninguna parte. Y no es que quisiera llegar a ningún sitio en particular, que ese es mi principal defecto (¿?), pero opté por ver que pasaba si me ponía a hablar con otros que no fueran yo misma.
Por eso no me metí monja de clausura e ingresé en la Universidad. Mantuve la melena intacta y me puse a hacer preguntas tontas, para desesperación de mis circundantes.

En cualquier caso, lo que es obvio es que el monólogo o soliloquio no existe, y que siempre se habla con alguien, aunque sea uno mismo. Siempre hay un receptor, aunque mudo, a quien nos dirigimos. Y Machado, se me antoja, lo dice con claridad:
“Converso con el hombre que siempre va conmigo”
Converso, hablo, me dirijo a…
Lo que siempre me ha costado más comprender es eso de que:
“- quien habla solo espera hablar a Dios un día -;”
Ahora que lo pienso, tal vez se refiera el poeta a esa ansia que tenemos de dar, por fin, un día, con nuestra propia respuesta.
Nos hablamos, y, cuando la cosa está clara, nos contestamos sin dudarlo. Otras veces ni siquiera respondemos, y en la mayoría de los caso nos atronan mil voces confusas como un diablo legión, o apenas alcanzamos a oír un susurro misterioso de sílfide.
Pero… ¿y si a fuerza de práctica, llegara la voz nítida que sustituye al silencio babélico? Sin duda pensaríamos que es el verbo divino, aunque sea sólo, por la sorpresa.
Claro que, según Sócrates, que es humano, para dar con aquella profundidad que albergamos en lo más hondo de nuestras simas, es necesario una comadre que nos extraiga, posiblemente con el mismo dolor que produce un parto, o un cólico al riñón, aquello que con tanto celo reposamos oculto en lo más recóndito de nuestro propio ser.
Así que, finalmente, hablar solo no sirve para nada. Es necesario hablar con los demás, alguno habrá, sea o no conscientemente, que nos lleve al potro de tortura.
Lamentablemente aquél mismo filósofo que iba dando a luz por el mundo también se plantaba en los mercados con la mano tapada, con el único fin de responder a los curiosos que si lo llevaba escondido es porque no quería que se supiera qué había debajo.
Ergo… lo que oculto está, por algo es, oculto debe quedar.
No meneallo.
La curiosidad mató al gato. Le quedan seis vidas más.