martes, febrero 13, 2007

¡Qué fastidio!

Me fastidia tener la psicología tan trastornada, tan poco adecuada para nada (¿o es para todo?). Porque (suponiendo que se puedan empezar las frases así) me dificulta la vida. Y me temo que se la hace más difícil a los demás.
Ahora que, después de verles el cogote durante semanas a un montón de bachilleres talludos, voy, ¡por fin? a enfrentarme a ellos, me entran los escrúpulos y el cargo de conciencia. Es normal: Voy a cometer todas las tropelías contra las que siempre he despotricado con encono.
Y me jode... ¡qué fastidio!
A esto se le pueden añadir unos toques de miles de menudencias más que magnifico para que todo el mundo me sonría y divertido me diga aquello de ¡qué exagerada eres! Prefiero que se rían sí, pero no deja de fastidiarme, también, cómo eluden así mis increpaciones. Oyes... que te estoy insultando, y ni se enterán. Y todo por exagerar un poquillo ¡Qué fastidio!
El caso es que estoy de un iracundo... que me parece que voy a partir la boca al primero que me la ponga a huevo.

martes, octubre 31, 2006

NOTA A LOS VINCULADOS

Estimados señores vinculados. Me he tomado la libertad de incluirles en un click en este deleznable cúmulo de mí misma, confiando en que no les moleste demasiado. Lo hago para sentirme arropada, conectada, ya saben, como formando parte de algo, para dar satisfacción al gregarismo humano que, al decir de algunos, nos late junto a las pulsiones sexuales desde la noche de los tiempos.
Por supuesto si supusiera un problema les ruego me lo comuniquen ipso facto para ponerle remedio. Remedios.

lunes, octubre 23, 2006

Citando a Krahe

Antes de ser cantor mis historias de Amor eran casi secretas
pero luego el azar que me puso a cantar me llevó a publicar...
mis zozobras completas.

Remedios baratos...

Remedios no tienen remedio. Ni sabe remendar barcos. Remedios no tiene remedios baratos. Una pena esta Remedios. A veces... dan ganas de ampararla, cuando corre bajo la lluvia bajo mil bártulos inservibles. Pero ¿a dónde va tan cargada?. Remedios, le gritaría yo, ven que tengo paraguas. Pero ella no se da cuenta, o hace que no se da cuenta.
He oído decir, que es una desagradecida, y aunque no me gusta fiarme de los rumores he de confesar que, esta vez, algo me han influído. No me atrevo a invitarla a un café, por lo que pudiera pasar. Un desaire o, aún peor, una conversación aburrida.
Pero... da tanta pena. Mal sentimiento éste, que esconde el desprecio más injusto. Un saludo Remedios, le grité un día. Y me lo devolvió automáticamente, sin reconocerme.

domingo, octubre 22, 2006

De un tiempo a esta parte vengo preguntándome si el caos es preciso o precioso.

Si lo primero, imagino el Universo como una inmensa maquinaria de ruedas dentadas y a Dios, en vez de arquitecto, relojero serio, con aristocrático monóculo. Sólo Él comprende el funcionamiento de tan misteriosos engranajes. Y como es más suyo que Felipe II, y se niega a delegar, se pasa el infinito trabajando, sin vacaciones ni fines de semana, velando porque no cese el tic tac moribundo de la bomba. Para que luego le vengan los jovenzuelos de ahora protestando por la precariedad laboral.

Si precioso fuere, se me asemeja a un gran cofre a lomos de un dromedario, camino a la corte del Rey David, donde la Reina de Saba va a desplegar su contenido cegador ante los ojos del que fuera pastorcillo antaño y ahora lírico cantor. Y tanto es el brillo y esplendor, tan hirientes sus destellos, que es imposible verlo, ni tocarlo. Así pues, sólo se puede ignorar, pues si se entretuviera uno en intentar dilucidar su magnitud quemaría su retina. Un tesoro invisible. Siempre presente.

Ah... el misterio... qué maravillosa excusa.

Llueve

Llueve al otro lado del escaparate. Llueve, llueve y llueve. No para. Unas veces algo quedo, en plan chirimiri, en plan orvallo, según se quiera. Otras, parece que fuera a entrar el mismísimo Noe, empapado y angustiado ¡me falta una pareja de ácaros, por favor, sacuda la alfombra!. Cuando amaina un poco, salgo a fumarme un piti, al umbral de la puerta, un pie fuera, el otro dentro, tanta es mi dependencia. Pena de tabaquismo. Y ni el coloso de Rodas tuviera tal apostura.
Y veo pasar a una señora apurada, rauda. Lleva un paraguas rojo con siluetas en negro de perros y gatos esparcidas y una leyenda que me trae mil y un recuerdos, uno por cada noche "It's rainnig cats and dogs"...
¿Dóne cojones está el convento de los trinitarios?

sábado, octubre 21, 2006

Me debato entre la timidez y el exhibicionismo, como aquél que no sabe qué ropa ponerse en el entretiempo. Porque nunca se acierta. Nunca se saca el paraguas cuándo llueve, ni la bufanda cuando hace frío. Así, yo, hablo cuando debo callar y enmudezco cuando bien estaría que dijera algo.
Ayer recibí la crítica acertadísima de un buen colega a mis atentados literarios. No falló ni una, acertó en en todo. Y aunque disiento en algunas de sus conclusiones, me he visto gratamente sorprendida por su agudeza y seriedad. Porque claro, se los dí a leer pensando que se los tomaría a broma... pero no. Los ha analizado y, aunque someramente, con certeza.
Desde los veinticinco años me siento vieja para cambiar. Y desde entonces, precisamente, es cuándo más inexcusable se aparece la vuelta de tuerca que me permita ponerme bocaabajoabocajarro.
El problema es el de siempre. Cortedad de mente...

domingo, octubre 15, 2006

Los peregrinos traen el olor del Camino. Sudor y frío. Polvo y árboles. Asfalto y bosques.
No dejo de sorprenderme. Empiezo diciendo algo, y termino explicando lo contrario. ¿Dónde el orden expositivo, dónde la claridad, dónde la jerarquización de las ideas? Cuánta imposición académica desperdiciada, cuántos maestros frustados. Para andar, decían, hay que dar pasitos, poco a poco. Orden, señores, y claridad.
A veces, según rachas, me paso el día pensando qué voy a escribir. Sea para mis bitácoras, sea con la esperanza de ganar algún premio de relato breve con el que justificar mi desvergüenza literaria. Esta misma mañana, de camino al Hospital, mientras esquivaba las heces de la parranda nocturna de los demás, iba cavilando sobre lo mucho que pienso en escribir y lo poco que escribo. Será que mis inicios en la elaboración de trabajos académicos, tan arduos y lamentables me han acendrado el sentido del pudor. Cuánto cuesta decir lo que se quiere . Y esto partiendo de que se tenga algo que decir.
Obviamente eso es lo primero. Según mi hermano, ya no hay nada que decir, y así, invalida cualquier nuevo intento literario. Porque, volver a decir lo de siempre, aunque sea de otra manera no es sino signo de decadencia, manierismos sin sentido, anuncio de la caída del imperio.
Yo coincidiría con él si no hubiera comprobado en mis propias carnes que ponerse a decir algo genera pensamiento. Por tanto, guardar silencio, por vergüenza o pudor, le deja a uno con el encefalograma plano.
Bien, vale, no tengo nada que decir, pero si empiezo a balbucir, torpemente, causando las iras de mis interlocutores, podré ir forjando las palabras, las frases, ir descubriendo ¡por fin! lo que sé y lo que no sé, lo que sé mal, lo que apenas sé, lo que ni siquiera atisbo y lo que, quién sabe por qué, comprendo perfectametne, de forma natural, como por arte de magia o de la genética.
Dicen que a la hora de aprender la forma más eficaz es ensañando. Parece una contradicción pero visto con detenimiento encaja sin duda. La lectura mental es un leve baño de conocimiento, la declamación una ducha profunda y la conversación el mejor de los balnearios.
Y he ahí el problema. Se necesita, por lo menos, a otra persona para aprender. Y, no nos engañemos, los demás son siempre un conflicto para nosotros mismos. No habría por qué darle mayor dramatismo al asunto si se sabe nadar en el enfrentamiento continuo. Vivan las discusiones.
Pero... qué pereza discutir. Es tan cómodo, de nuevo, no abrir la boca, dejar que digan lo que quieran, sin intervenir, para qué, si te vas a enzarza en mil explicaciones que te exigen el máximo de tus fuerzas.
Está claro que no soy nada constante y que no relleno a diario, como quisiera, las páginas de mi bitácora. No es pereza, en este caso, sino verguenza ante los estragos de la perdurabilidad de la letra escrita. Las voces vuelan y se evaporan, y aunque en esta vorágine de anónimos plañideros que es la Red, también las letras tienden a perderse siempre, existe la posibilidad de que se queden enganchadas en alguna ramita de bit, y alguien pueda echárnoslas en cara, de nuevo: Mira lo que escribiste, mira.
Sin duda esta obsesión por el legado textual que uno deja tras de sí es algo trasnochada. Un adolescente epiléptico de jugar a la Play Station no comprenderá jamás mis angustias. Pero ¿y mi comprades de edad, de veinte cerca de los treinta?. Tal vez tampoco. Tanto degutar lo placeres del pasado me he envejecido prematuramente. O, más bien, me he vuelto intempestiva, siempre mal colocada en el espcio-tiempo.
Obviamente, alguién me habrá trasladado a mí estas manías ¿Estará tal persona e consonancia con los tiempo, con los suyos? Y si lo está, entonces, ¿lo estoy yo también? Cada uno de nosotros es el universo paralelo de los demas. Somos lineas que nunca convergen. ¿Será estúpido entonces pensar en la existencia de seres afines? Mecachis....

jueves, octubre 05, 2006

Cada dos por tres me estoy enamorando. Y es agotador. No crean que esta propensión mía es fácil de llevar ni que tiene menos sufrimiento por serme habitual. Que no... que no... que es de gravedad insostenible. Gracias a Dios, me da por el platonismo, lo que me ahorra tiempo. Así, puedo ver la televisión y preparar la comida (eso a lo que yo llamo comida) mientras oigo música celestial, tronos y querubes a ritmo de jazz. O ir en en el autobús urbano y mientras veo los arbolitos pasar imaginarme al objeto de mis desvelos entre los aires de otoño que mecen las ramas. Todo me queda pasteloso pero me permite hacer varias cosas a la vez, siempre presente con casa asístole, en cada diástole, el ser de mis suspiros. Y, además, me da cierto toque risueño que si bien a muchos incomoda, a otros desagrada, y la mayoría ignora, alguno hay a quien alegra el día.

miércoles, octubre 04, 2006

No sé. Mis intenciones eran buenas al pincipio. Pero ahora he vuelto a perder el Norte. El por qué, el para qué de materia espiritual. Andar en pelotas con el frío que hace, bien lejos de cualquier emisor calorífico, son ganas de pillar los siete males. Siete plagas, Señor, enviaste sobre Egipto, tierra que manaba leche y miel, que no hacía falta perder el tiempo buscando otra, siete, Señor, siete, como siete novias para siete hermanos y ninguna de gripe.

lunes, octubre 02, 2006

GRACIAS POR FUMAR.

Comedia cáustica que quiere desentrañar la hipocresía de la sociedad norteamericana, y por ende, de nuestro querido occidente, tan en ocaso, aunque con una cierta moralina de corte paterno-filial.
Un tipo, guapo, locuaz, capaz de convencer a la Madre Teresa de Calcuta de que debe cagarse en el papa. Tan persuasivo que asusta, tan encantador que da miedo. El mismísimo diablo a quien venderías tu alma, qué digo, a quién pagarías gustosamente porque te condenara al suplicio eterno. Todo él al servicio de las grandes tabacaleras en el momento que organismos estatales y demás hermanitas de la caridad abogan por la salud del respetable.
Un yupie sin escrúpulos que, sin embargo, tiene razón. Es lo “malo” de la libertad. Es lo “malo” del raciocinio.
Personajes deleznables a mi modo de ver, de camisas planchadas, en la cresta de la ola, con quienes has de comulgar ante la evidencia. Mientras que los desarrapados, que normalmente deberían despertar tus simpatías, aparecen de carne y hueso, materialistas.
El director se atreve a decirnos a la cara que somos, quienes como yo tendemos a abominar de las corbatas y adorar al probriño, unos esnobistas sin criterio sostenible. Bravo.
Un ataque mordaz contra la hipocresía. Aunque la dureza “canallesca” de la película parece perder algo de fuerza ante la relación del protagonista con su hijo, por quién, aunque con matices, realiza un último gesto heroico: el de salir del lodo (che).
Visualmente tiene recursos que ya han empleado otros filmes con temática similar. Recuerda algo, salvando las distancias, a American Beauty y un poquito menos, aunque la intención sea pareja a American Psico y El Club de la Lucha. Un narrador, voz en off, que detiene el metraje de vez en cuando para mostrar estampas edulcoradas, burla del sistema visual característico del marketing televisivo.
Invita, pues, a una reflexión, tan profunda como se quiera, acerca de nuestros valores samaritanos. Lo hace decapitando los argumentos paternalistas de los adalides de la salud, pero bien puede particularizarse y hablar directamente a nuestros propios principios personales. Por eso me gusta, porque me desmonta, me trastorna, me cuestiona. Supongo que no es una gran película. Es americana (je). Pero yo se la pondría en clase a todos los adolescentes, para que se caguen de verdad, con motivos, en el mundo de sus padres y no reaccionen automáticamente ebrios de calimocho (o lo que quiera que sea que beban ahora), sin saber contra qué coño se están pegando. Aunque, qué idiota soy, no son tiempos de mayos de amor libre. Joder, qué ilusa.
Miren, ya le he visto el mensaje a la película. Y no es, en absoluto, baladí. Razónese y arguméntese. Todo es defendible. Nada de pataletas violentas irracionales. Convénzame.

miércoles, septiembre 20, 2006

Escribo fragmentadamente, como veo la televisión, como escucho música. Y reitero, repito, reincido, hasta la saciedad. No sé poner las comas. No hilvano el discurso.
Para mí, las frases son piezas de un puzzle informe, que yuxtapongo sin que encajen. Una detrás de otra, sin tocarse. Signo de los tiempos. Las Señoritas de Avignon. Pero llega la época de las Redes y es preciso volver a tejer la malla del mundo. Lo hemos roto, desestructurado. Ahora hay que montarlo de nuevo.
Y aquí el problema de los conectores, esas partículas-nudos que atan unas frases a otras. Conjunciones, expresiones que supeditan unos pensamientos a otros. Nada debe quedar fuera.
Es preocupante. Creí que era concisa, que recurría a las elipsis con plena conciencia cuando, al parecer, en realidad, simplemente acumulo los datos con mayor o menor orden. Grave error. Preclaro síntoma de una enfermedad que espero curable (¡Con lo que me gusta estar enferma!).
Causa y efecto. Todo hecho es producido y provoca a su vez otro fenómeno. ¿Puedo cuestionarlo? ¿No lo ha hecho ya la filosofía? ¿O ha hecho todo lo contrario?. Debería prohibírseme el escepticismo. No estoy preparada para el pensamiento crítico. No ordeno mis ideas. Estoy sometida a una continua tormenta. Porque el orden me es odioso. ¿Por qué el orden me es odioso?. Posiblemente (¡sin duda!) porque exige un esfuerzo, y soy perezosa. Eso soy. Esa es mi esencia. Habrá quienes tengan alma. Habrá quienes estén poseídos por la maldad. Yo, despojada, soy la Pereza.

lunes, septiembre 18, 2006

Salvador (Puich Antic)

Pensé que iba a ser una película política, de esas que tanto me fastidian porque suelen ser malas películas y peor política. Aborrezco la política, incluso la “buena” (suponiendo que tal cosa exista). Pero C. me ha insistido y, como siempre, no me apetecía trabajar.
Yo no sé nada de cine pero lo veo con gusto, como leo novelas y poesía o escucho música. Y me gusta compartir mi opinión no porque tenga ningún valor, ni quiera imponerla, o simplemente ostentarla presumida, sino porque deseo perfilarla al hilo de las demás. Me es muy grato cambiar de parecer tras una buena tertulia, bien regada de caldos exquisitos que sueltan la lengua y pegan los párpados.
Una vez más he vuelto a aguantar el llanto. Me lo he comido con patatas, con todo el dolor de mi garganta y vacío en el corazón. El pudor vence a la necesidad de dejarse ir. Lo pagaré caro. El día del Juicio Final Dios se descojonará de todas las lágrimas que no he vertido, y San Pedro me dará una sonora coñeja por imbécil.
Al principio todo transcurría según lo sospechado. Jóvenes rebeldes que luchan contra la tiranía. Discurso loable, que justifica cierta violencia, y que a mí suele desagradarme. Por eso nunca me atrevo a decir abiertamente que soy de izquierdas. Porque para el tipo con rastas que me increpa, y cuyo comportamiento me resulta tan deleznable como el del pijo que empotra a una pava contra la pared al otro lado del bar soy, por lo menos, floja, tibia. Qué digo, si no tengo ideales.
Pero todo cambia cuándo llega el momento del juicio y la sentencia. De muerte. En ese momento la película sabe plasmar la angustia, la esperanza, la desazón, la injusticia, la templanza, los lazos de afecto, de forma magistral. Es efectiva y no sé si efectista.
A mí, no me gusta que me toquen la fibra sensible. Me parece un recurso fácil de manipulación. Provocar pena, indignación, ira o cualquiera otro de los más bajos instintos es la manera más fácil de llevarse el gato al agua. Aunque en este caso, en esta película, no me parece que se ponga, finalmente, al servicio de una idea política, que sin embargo, no nos engañemos, subyace, inquebrantable, como no puede ser de otra forma. Y bien está. Pero lo que se destaca, lo que realmente importa es el drama personal, que no sólo afecta al reo. Tal vez ese sea el gran mensaje, la persona, la persona, la persona. Ese preso que juega al baloncesto con el funcionario de prisiones y le explica que la dislexia no es más que una forma diferente de pensar, que no es grave, que con la aplicación de las técnicas adecuadas se puede llegar a leer sin ningún problema.
Ese muchacho, con la cara juvenil e inocente de DANIEL BRUHL, con el pliegue de sus labios, con sus pómulos tensos en expresión risueña, con sus ojos, negros de mirada intensa, con su flequillo sobre la frente, no merece la suerte que le ha tocado. Porque ni es suerte, ni le ha llegado por casualidad. Su mala fortuna es fruto de una máquina agónica que se defiende panza arriba y laza sin criterio su estertóreo zarpazo. Y eso es injusto. Mucho. Indigna. Nadie debería pasar por aquel trance, en el que se mezclan la humillación, la incomprensión, la espera, la esperanza. Es otro gran alegato fílmico contra la pena de muerte y contra la tiranía. Parece mentira que todavía estén vigentes estos gritos iracundos. Aunque en nuestro país, gracias a Dios, o a quién proceda, estén destinados a sanar heridas viejas, pero sin cicatrizar.
Intensos primeros planos, cálidos abrazos en los que se transmite el tacto de un raído jersey. Y la voz suave, de exótico acento a mis duros oídos, de entereza inusitada.
Por supuesto, la nota cañí en la España de pandereta. El terrible garrote vil, ingenio maléfico en manos de un verdugo que recuerda al de Berlanga y que en el momento de mayor tensión produce cierta sonrisa. Alguna carcajada se ha llegado a oír en la sala del cine.
No es un panfleto político, aunque podría serlo. No es sentimentaloide. Me parece irregular, siendo lo mejor, como ya he dicho, la parte de la sentencia y muerte.
Al final hay un apéndice esperanzador, que quiere dar sentido a los padecimientos del mártir. Bien para quien crea que tales cosas pueden servir.

domingo, septiembre 17, 2006

Y tú... ¿de qué pie cojeas?

Yo es que soy omnímodo, me lo como todo. Lo que eres es gilipollas, y un glotón. ¿Por qué me insultas?. Porque te lo mereces. ¿Por qué?. Por hacer preguntas estúpidas y no saber lo que significan las palabras. A tí lo que te pasa es que además de torti eres frígida. Soy un dechado de virtudes. Puta. Hijo de puta. Hija de la gran puta. Me cago en la puta Virgen. Eso, seguro que además eres virgen. Virgencita, virgencita que me quede como estoy, y este a mi sólo deseo, desaparezca. Quédate. Me voy. Que sí, quedate. Qué pesado, qué me voy. ¿Por qué?. Porque me da la gana. Pues vaya una gana que tienes, que te domina. Es que también soy sumisa. Pues entonces obedéceme. Sumisa, no masoquista. Pliégate a mi voluntad. Tu voluntad es voluble, y mi tolerancia a los pliegos limitada.

jueves, septiembre 14, 2006

Lloró desconsolada ante aquél cúmulo informe de papeles que sostenían todos sus recuerdos ahora dispuestos para la incineración.
Los guardó cuidadosamente largo tiempo, con el cariño de quién deja un legado, para los demás, para que alguien, algún día, cuándo ella no estuviera, pudiera disfrutarlo.
En realidad, los acumuló avara, pesando que siempre podrían serle útiles.
En el fondo, no eran más que fruto de su eterna tendencia a la postergación.
Y ahora debía aniquilarlos.
Tantos esfuerzos durante tantos años.
Para nada.
Para que, convertidos en humo, dejaran de existir, y punto.
Tal vez, pensó, nunca debieron existir.
O tal vez, lo que de ellos haya quedado en mí, es lo único que vale.
Seguramente no son más que un soporte pasajero. Sí. Son de usar y tirar.
Se dijo, hay que tirarlos.
Y los quemó, con lágrimas en los ojos, con la angustia en el corazón por los recuerdos que ya no volvería sin el médium que los propiciara.
Lloró porque la mayoría no habían dejado ningún poso en ella.
Los acumulaba con la pasión del desmemoriado.
Tal vez carecía de memoria porque se la había confiado aquellos papeles.
Ella, que nunca hizo una chuleta para un examen. Ella que sólo aprendió de memoria para los exámenes.
Le dijo a la vecina que lloraba por el humo.
Tal vez, deba quemar toda la casa, se dijo. Ya puestos.
Y vagar eternamente como el Judío Errante, como Caín.
Sabía que entre el pensamiento y la ejecución había un trecho muy grande. Llevaba toda la vida pensando cosas que nunca realizaba, pero, esta vez, el abismo no era más que una delgadísima línea impermeable.
Si quemaba la casa, y luego se quemaba a sí misma, en un descuido, se confirmaría que estaba loca. Ya no habría más dudas.
El hogar paterno, deshabitado. Y ella sola. Nadie le echaría de menos.
La vecina. Mierda de vecina. No puedo quemar la casa. Mierda de vecina.

viernes, septiembre 08, 2006

La entrada número trece.

Igual que hubo un guerrero número trece, que no fue Judas, el traidor, hay una entrada número trece. ¿Significa esto que se haya regresado hasta doce veces y se cumpla, por fin, la decimotercera? ¿O será que nuestra calvicie ya nos clarea en demasía?
Me pregunto si habiendo llegado hasta aquí, tras tan breve discurrir, habré de pararme a pensar. Buscar un recodo en el camino en el que aposentarme y reflexionar, queda, profunda, sobervia y autocomplaciente.
O si este número de mal agüero quiere depararme algún mal, llevarme a la perdición de mano de la red de redes. Red de telaraña que me envuelve y envenenta, que me inmoviliza cuanto mas me muevo.
Van a pasar la fregona, y he de retirarme de mi puesto. ¿Será una señal?