domingo, septiembre 17, 2006
Y tú... ¿de qué pie cojeas?
Yo es que soy omnímodo, me lo como todo. Lo que eres es gilipollas, y un glotón. ¿Por qué me insultas?. Porque te lo mereces. ¿Por qué?. Por hacer preguntas estúpidas y no saber lo que significan las palabras. A tí lo que te pasa es que además de torti eres frígida. Soy un dechado de virtudes. Puta. Hijo de puta. Hija de la gran puta. Me cago en la puta Virgen. Eso, seguro que además eres virgen. Virgencita, virgencita que me quede como estoy, y este a mi sólo deseo, desaparezca. Quédate. Me voy. Que sí, quedate. Qué pesado, qué me voy. ¿Por qué?. Porque me da la gana. Pues vaya una gana que tienes, que te domina. Es que también soy sumisa. Pues entonces obedéceme. Sumisa, no masoquista. Pliégate a mi voluntad. Tu voluntad es voluble, y mi tolerancia a los pliegos limitada.
jueves, septiembre 14, 2006
Lloró desconsolada ante aquél cúmulo informe de papeles que sostenían todos sus recuerdos ahora dispuestos para la incineración.
Los guardó cuidadosamente largo tiempo, con el cariño de quién deja un legado, para los demás, para que alguien, algún día, cuándo ella no estuviera, pudiera disfrutarlo.
En realidad, los acumuló avara, pesando que siempre podrían serle útiles.
En el fondo, no eran más que fruto de su eterna tendencia a la postergación.
Y ahora debía aniquilarlos.
Tantos esfuerzos durante tantos años.
Para nada.
Para que, convertidos en humo, dejaran de existir, y punto.
Tal vez, pensó, nunca debieron existir.
O tal vez, lo que de ellos haya quedado en mí, es lo único que vale.
Seguramente no son más que un soporte pasajero. Sí. Son de usar y tirar.
Se dijo, hay que tirarlos.
Y los quemó, con lágrimas en los ojos, con la angustia en el corazón por los recuerdos que ya no volvería sin el médium que los propiciara.
Lloró porque la mayoría no habían dejado ningún poso en ella.
Los acumulaba con la pasión del desmemoriado.
Tal vez carecía de memoria porque se la había confiado aquellos papeles.
Ella, que nunca hizo una chuleta para un examen. Ella que sólo aprendió de memoria para los exámenes.
Le dijo a la vecina que lloraba por el humo.
Tal vez, deba quemar toda la casa, se dijo. Ya puestos.
Y vagar eternamente como el Judío Errante, como Caín.
Sabía que entre el pensamiento y la ejecución había un trecho muy grande. Llevaba toda la vida pensando cosas que nunca realizaba, pero, esta vez, el abismo no era más que una delgadísima línea impermeable.
Si quemaba la casa, y luego se quemaba a sí misma, en un descuido, se confirmaría que estaba loca. Ya no habría más dudas.
El hogar paterno, deshabitado. Y ella sola. Nadie le echaría de menos.
La vecina. Mierda de vecina. No puedo quemar la casa. Mierda de vecina.
Los guardó cuidadosamente largo tiempo, con el cariño de quién deja un legado, para los demás, para que alguien, algún día, cuándo ella no estuviera, pudiera disfrutarlo.
En realidad, los acumuló avara, pesando que siempre podrían serle útiles.
En el fondo, no eran más que fruto de su eterna tendencia a la postergación.
Y ahora debía aniquilarlos.
Tantos esfuerzos durante tantos años.
Para nada.
Para que, convertidos en humo, dejaran de existir, y punto.
Tal vez, pensó, nunca debieron existir.
O tal vez, lo que de ellos haya quedado en mí, es lo único que vale.
Seguramente no son más que un soporte pasajero. Sí. Son de usar y tirar.
Se dijo, hay que tirarlos.
Y los quemó, con lágrimas en los ojos, con la angustia en el corazón por los recuerdos que ya no volvería sin el médium que los propiciara.
Lloró porque la mayoría no habían dejado ningún poso en ella.
Los acumulaba con la pasión del desmemoriado.
Tal vez carecía de memoria porque se la había confiado aquellos papeles.
Ella, que nunca hizo una chuleta para un examen. Ella que sólo aprendió de memoria para los exámenes.
Le dijo a la vecina que lloraba por el humo.
Tal vez, deba quemar toda la casa, se dijo. Ya puestos.
Y vagar eternamente como el Judío Errante, como Caín.
Sabía que entre el pensamiento y la ejecución había un trecho muy grande. Llevaba toda la vida pensando cosas que nunca realizaba, pero, esta vez, el abismo no era más que una delgadísima línea impermeable.
Si quemaba la casa, y luego se quemaba a sí misma, en un descuido, se confirmaría que estaba loca. Ya no habría más dudas.
El hogar paterno, deshabitado. Y ella sola. Nadie le echaría de menos.
La vecina. Mierda de vecina. No puedo quemar la casa. Mierda de vecina.
viernes, septiembre 08, 2006
La entrada número trece.
Igual que hubo un guerrero número trece, que no fue Judas, el traidor, hay una entrada número trece. ¿Significa esto que se haya regresado hasta doce veces y se cumpla, por fin, la decimotercera? ¿O será que nuestra calvicie ya nos clarea en demasía?
Me pregunto si habiendo llegado hasta aquí, tras tan breve discurrir, habré de pararme a pensar. Buscar un recodo en el camino en el que aposentarme y reflexionar, queda, profunda, sobervia y autocomplaciente.
O si este número de mal agüero quiere depararme algún mal, llevarme a la perdición de mano de la red de redes. Red de telaraña que me envuelve y envenenta, que me inmoviliza cuanto mas me muevo.
Van a pasar la fregona, y he de retirarme de mi puesto. ¿Será una señal?
Me pregunto si habiendo llegado hasta aquí, tras tan breve discurrir, habré de pararme a pensar. Buscar un recodo en el camino en el que aposentarme y reflexionar, queda, profunda, sobervia y autocomplaciente.
O si este número de mal agüero quiere depararme algún mal, llevarme a la perdición de mano de la red de redes. Red de telaraña que me envuelve y envenenta, que me inmoviliza cuanto mas me muevo.
Van a pasar la fregona, y he de retirarme de mi puesto. ¿Será una señal?
martes, septiembre 05, 2006
Estoy empezando a preocuparme. Nunca he sido partidaria de tales verbos reflexivos, por afectarle a una, no por pensantes, pero... snif... snif... algo me huele mal en la cocina.
Llegaron las bitácoras y con ellas: "La opinión de todo el mundo".
El principio de Autoridad murió mucho antes, y ahora se desbanda la manada. Cualquiera puede hablar sobre cualquier cosa.
Yo... podría hablar de integrales, por ejemplo, que son unos biscotes hediondos con hediondas conecuencias. Joder... qué mierda... (perdón).
Y si no es opinión es melodramón.
Me lo expliquen.
"Me repite la preguntaaaaaa..."
Llegaron las bitácoras y con ellas: "La opinión de todo el mundo".
El principio de Autoridad murió mucho antes, y ahora se desbanda la manada. Cualquiera puede hablar sobre cualquier cosa.
Yo... podría hablar de integrales, por ejemplo, que son unos biscotes hediondos con hediondas conecuencias. Joder... qué mierda... (perdón).
Y si no es opinión es melodramón.
Me lo expliquen.
"Me repite la preguntaaaaaa..."
sábado, septiembre 02, 2006
He renunciado al sueño, en busca de un rendimiento perdido que ahora, sí, o mejor dicho, NO, no... ya no será recuperable.
Pasar la noche en vela me resulta más excitante que productivo. Me contemplo desde arriba, agazapada frente al ordenador, la pantalla parpadeante, fumando y meneando papeles de un lugar a otro. Y eso es todo lo que hago. Así que llega el día, y lo único que he hecho ha sido fumar y mover papeles de un lado al otro. Y ni siquiera soy capaz de sentirme mal, porque creo haber trabajado.
Ya son varias las noches de sueño que me he saltado. Creo que Tayler llama a mi puerta. Ah... grito, gritito, Mr. Pitt, no se corte hombre, y deme una buena paliza. Déjeme algo de hueco para que pueda responder a mi vez y quedaremos en paz.
Tan en Paz. Paz. ¿Qué será eso?
Me pregunto... ¿Habré en mi vida, alguna vez "escuchado" el silencio?
Me bulle la mente, mientras dormito.
Pasar la noche en vela me resulta más excitante que productivo. Me contemplo desde arriba, agazapada frente al ordenador, la pantalla parpadeante, fumando y meneando papeles de un lugar a otro. Y eso es todo lo que hago. Así que llega el día, y lo único que he hecho ha sido fumar y mover papeles de un lado al otro. Y ni siquiera soy capaz de sentirme mal, porque creo haber trabajado.
Ya son varias las noches de sueño que me he saltado. Creo que Tayler llama a mi puerta. Ah... grito, gritito, Mr. Pitt, no se corte hombre, y deme una buena paliza. Déjeme algo de hueco para que pueda responder a mi vez y quedaremos en paz.
Tan en Paz. Paz. ¿Qué será eso?
Me pregunto... ¿Habré en mi vida, alguna vez "escuchado" el silencio?
Me bulle la mente, mientras dormito.
viernes, agosto 25, 2006
¿Cómo dices que salió?
Salió de la casa desnuda, herida por la locura del encierro, sin conciencia de la realidad. Hundió la cabeza en el primer vómito nocturno que encontró, pero no logró ahogarse. Se arrancaba a puños los cabellos de la cabeza y lloraba y gritaba y enrojecía de cólera mientras los viandantes, atemorizados, esquivaban sus amenazas.
Llegaron los municipales.
Llegaron los municipales.
¿Qué dices que quería?
Quería morirse y no dejaba de imaginar mil formas de suicidarse, de matarse a sí misma, de hacer, por fin, algo decente con la vida, esa misma que no había solicitado o que si pidió, obviamente, lo hizo desde la inconsciencia, como todo lo que había hecho hasta entonces.
Quería matarse y se imaginaba mil formas de tortura previa, pues en su país, en su democracia de burdel, conseguir un arma de fuego expeditiva era muy difícil y costoso, no merecía la pena.
Lamentablemente no podía lanzarse al vacío, ni cortarse las venas, ni tirarse al río, ni ahorcarse, ni ninguna de las otras formas de rigor, porque estaba segura de que en el último momento iba a arrepentirse, tan voluble era.
Así que no sabía cómo desaparecer. Pensó, de aquella forma reincidente y torpe que ella consideraba actividad cerebral por ser la única que le runruneaba en derredor pero que en realidad no alcanzaba el rigor sináptico requerido, pensó que si se dejaba llevar por el hastío tal vez lograría morir de hambre, o de asco o de simple aburrimiento, de tal forma que si perfeccionaba su apatía no habría vuelta atrás pues caería en el firme convencimiento cínico de que no hacer nada era la mejor de las opciones.
Se acurrucó en la cama, desnuda, y no volvió a salir jamás.
Quería matarse y se imaginaba mil formas de tortura previa, pues en su país, en su democracia de burdel, conseguir un arma de fuego expeditiva era muy difícil y costoso, no merecía la pena.
Lamentablemente no podía lanzarse al vacío, ni cortarse las venas, ni tirarse al río, ni ahorcarse, ni ninguna de las otras formas de rigor, porque estaba segura de que en el último momento iba a arrepentirse, tan voluble era.
Así que no sabía cómo desaparecer. Pensó, de aquella forma reincidente y torpe que ella consideraba actividad cerebral por ser la única que le runruneaba en derredor pero que en realidad no alcanzaba el rigor sináptico requerido, pensó que si se dejaba llevar por el hastío tal vez lograría morir de hambre, o de asco o de simple aburrimiento, de tal forma que si perfeccionaba su apatía no habría vuelta atrás pues caería en el firme convencimiento cínico de que no hacer nada era la mejor de las opciones.
Se acurrucó en la cama, desnuda, y no volvió a salir jamás.
El genio de la lámpara
Cuenta la leyenda que Nobel no instituyó un premio para las Matemáticas porque su chorba le dejó por un pitagorín. Pero claro, los números no iban a ser menos que las letras ¿cuándo se ha visto tal cosa? y, al parecer, existe un galardón equivalente sólo para las mates. Este año, se lo han concedido a un tipo ruso, cuya pésima imagen divulgan sin pudor los medios de comunicación, por haber desentrañado no se qué de no se quién. Una cosa muy chunga y muy difícil, que sin embargo, debe de ser, para algunos la mar de entretenida. Y hete aquí que el tipo en cuestión, extravagante él, lo ha rechazado displicente, porque, según dice, no se siente parte de la “comunidad científica”. Muerte al corporativismo y a las redes clientelares. A mí estos actos de rebeldía siempre me han enternecido. Un buen corte de mangas a tiempo y dan ganas de reconciliarse con la condición humana, que aún tiene especimenes desvinculados del gran burdel de la “zoociedad” que diría mi idolatrada Mafalda.
He oído en el telediario que el tipo daba clases en la universidad y que como toda la peña empezaba a atosigarle por sus grandes descubrimientos se ha exiliado a un piso cochambroso desde el que publica, supongo que desinteresadamente, sus descubrimientos por internet. Al parecer su mundo se reduce a las Matemáticas y no logra concebirlas como un medio lucrativo. Peculiar que nos ha salido el colega.
Y a mí, esto de dar conocimiento de forma gratuita, me conmueve hasta las cachas. Porque da buenos resultados, como Linux, que se ha ido forjando con las aportaciones de un montón de friquis apasionados por lo que hacen y no haciendo cosas para sacar pasta gansa (o simplemente la necesaria para subsistir). Pero luego, como no concibo la felicidad más allá de una leve ráfaga pasajera, he querido desilusionarme y he empezado a pensar que seguro que el genio de las matemáticas es un tipo insoportable, invivible.
A veces, creo, he coincidido con algún genio, con uno de esos seres excepcionales cuyo reino no es de este mundo, o cuyo mundo, no es reino sino república de las ciencias. Y, en efecto, me son nocivos para la salud. No está sujetos a las normas básicas que empleamos los mortales para relacionarnos, como pedir las cosas por favor y dar las gracias por las dádivas. Y eso, resulta chocante. Además suelen plegar su entorno inmediato a sus concepciones, no asumiendo ninguna otra posibilidad por antojárseles siempre pobre, insuficiente, digna de erradicación.
A mí, que soy simple, me repugna ese comportamiento, aunque me limito a disimularlo y reirle las gracietas al superhombre/supermujer de turno. Es un problema grave, este que me aqueja, y que procuro eliminar con muy poco éxito, pues me vence la vanidad. No logro reprimir el típico “qué se habrá creído”, y supuro mala bilis por doquier. Sigo con mis prácticas de epicureismo en pos de la ataraxia, pero en cuanto se me cruza un genio por la mirada perdida, se me jode la terapia.
Envidia sin duda, que es lo que les pasa a todos los grandes, y que, además, es deporte nacional de la piel de toro.
He oído en el telediario que el tipo daba clases en la universidad y que como toda la peña empezaba a atosigarle por sus grandes descubrimientos se ha exiliado a un piso cochambroso desde el que publica, supongo que desinteresadamente, sus descubrimientos por internet. Al parecer su mundo se reduce a las Matemáticas y no logra concebirlas como un medio lucrativo. Peculiar que nos ha salido el colega.
Y a mí, esto de dar conocimiento de forma gratuita, me conmueve hasta las cachas. Porque da buenos resultados, como Linux, que se ha ido forjando con las aportaciones de un montón de friquis apasionados por lo que hacen y no haciendo cosas para sacar pasta gansa (o simplemente la necesaria para subsistir). Pero luego, como no concibo la felicidad más allá de una leve ráfaga pasajera, he querido desilusionarme y he empezado a pensar que seguro que el genio de las matemáticas es un tipo insoportable, invivible.
A veces, creo, he coincidido con algún genio, con uno de esos seres excepcionales cuyo reino no es de este mundo, o cuyo mundo, no es reino sino república de las ciencias. Y, en efecto, me son nocivos para la salud. No está sujetos a las normas básicas que empleamos los mortales para relacionarnos, como pedir las cosas por favor y dar las gracias por las dádivas. Y eso, resulta chocante. Además suelen plegar su entorno inmediato a sus concepciones, no asumiendo ninguna otra posibilidad por antojárseles siempre pobre, insuficiente, digna de erradicación.
A mí, que soy simple, me repugna ese comportamiento, aunque me limito a disimularlo y reirle las gracietas al superhombre/supermujer de turno. Es un problema grave, este que me aqueja, y que procuro eliminar con muy poco éxito, pues me vence la vanidad. No logro reprimir el típico “qué se habrá creído”, y supuro mala bilis por doquier. Sigo con mis prácticas de epicureismo en pos de la ataraxia, pero en cuanto se me cruza un genio por la mirada perdida, se me jode la terapia.
Envidia sin duda, que es lo que les pasa a todos los grandes, y que, además, es deporte nacional de la piel de toro.
En la carpeta...
En la carpeta “Mis documentos” hay otra titulada “mis cosas” destinada a disimular, entre los documuentos de apariencia importante, otros de carácter más personal. Son mis devaneos pseudoliterarios y otras rarezas con que me retrato sobre el lienzo podrido de Dorian Grey, pero sin belleza que mostrar a cambio. En ella acumulo sin orden ni concierto textos varios con los más variados destinos. Desde responder alguna carta, casi nunca tórrida, hasta cuentos y relatos cortos, la mayoría a medio terminar o siempre dispuestos para la continua revisión. Soy la reina de la procrastinación, palabra con la que gusto procrastinar el cielo que está procrastinado hasta que algún desprocrastinador hábil sepa desprocrastinarlo. Así que no es raro, en aquél cajón de sastre, tener otro desastrado cajón en el que acumulo notas sueltas. Notas que, siguiendo algún consejo rescatado del aire, ha de tomar todo buen aspirante a la plasmación del mundo en blanco sobre negro, o en rosa palo sobre verde pistacho. Normalmente las acumulo sin más, evitando que puedan ser de la más mínima utilidad, pues se ve que la conseja rescatada no lo fue del todo, y no me llegó la onda sobre qué hacer con las dichosas. Eso sí. Cuándo aburrida me da por releerlas, encuentro todo tipo de sensaciones. Desde la vergüenza, hasta la nostalgia, pasando por las ansias o el mero entretenimiento. Casi siempre sorpresa, por no recordar qué motivó el ripio. Nunca inspiración para algo de provecho.
viernes, agosto 11, 2006
Crear
Crear. Como si de Dios se tratara. Y no en siete días. Con siete segundos basta. Tal vez un par de minutos.
viernes, agosto 04, 2006
Me asombra tanto mi cerril persistencia para las cosas innecesarias como la volubilidad de carácter que se me escapa por doquier en los momentos importantes. Y así, me presto a este derroche de medios mediocres mientras aparco, sin demasiados escrúpulos asuntos de más elevado calado.
Habrá quién piense, eludiendo el meollo de la cuestión, que es y siempre será la pereza, que pueda ser falta de ambición. Sobre esta carencia, que como todas siempre hay que procurar paliar, me ha gustado siempre presumir, contra toda eviencia.
Porque no es que no tenga ambición, sino que... la tengo voluble.
Habrá quién piense, eludiendo el meollo de la cuestión, que es y siempre será la pereza, que pueda ser falta de ambición. Sobre esta carencia, que como todas siempre hay que procurar paliar, me ha gustado siempre presumir, contra toda eviencia.
Porque no es que no tenga ambición, sino que... la tengo voluble.
miércoles, julio 26, 2006
Sólo sé hablar de mí.
He de reconocerlo, sólo sé hablar de mí. No sé si es máximo grado de egocentrismo o de estulticia. Pero en ambos casos es, obviamente, una limitación grave.
Podría consolarme, como suelo, pensando que es un mal extendido en nuestros días, y notablemente promovido gracias estas tecnologías de la comunicación, pero el refranero me responde con una bofetada, y me llama tonta.
Podría consolarme, como suelo, pensando que es un mal extendido en nuestros días, y notablemente promovido gracias estas tecnologías de la comunicación, pero el refranero me responde con una bofetada, y me llama tonta.
Mi sueño es profundo...
Mi sueño es profundo... y temible. Puedo sucumbir, sin remedio, a sus garras, en cualquier momento. Bajo cualquier condición.
Me dí cuenta en Grecia, cuando apoyé mi cabeza en el muro de un garito y me quedé dormida ante un atronador bouzouki. Entonces tenía dieciocho años, era joven y no le dí importancia. Mis acompañantes lo atribuyeron unos al ouzo, que no supe rebajar con agua, otros y mi naturaleza endeble, alguno pronunción la palabra narcolepsia, pero la mayoría se limitó a sonreír condescendiente o a desternillarse a mandíbula batiente.
Con veintidos años me abandoné a Morfeo en todos los bares de copas de una pequeña ciudad provinciana de Francia. A mis amistades, les hacía gracia verme tirada en cualquier esquina, en posición fetal, apoyada la cara sobre las manos orantes. Y nunca dejaron, a pesar de mis somnolientos males, de llevarme con ellas, a modo de nota exótica: no os vayaís a pensar, gabachos, queridos, que todas las españolas somoso tan fogosas, y me mostraban, durmiente, nada bella, como prueba de la variedad tipológica de femineidades castizas.
Ahora que he de reflexionar sobre tan terrible defecto, recuerdo la desesperación matutina de mi hermano pequeño, a lo largo de toda nuestra infancia, por rescatarme de las sábanas, y sus meditadas argucias para ser efectivo. Que si me tapaba la nariz, que si me arrancaba de quajo la almohada, que si llamaba a mamá, que se quitaba la zapatilla.
Sé que me he hecho mayor, porque cuando me quedo dormida, no le hace gracia a nadie. Habré de llegar a la vejez, para volver a despertar, con mi sueño, la sonrisa de los demás.
Me dí cuenta en Grecia, cuando apoyé mi cabeza en el muro de un garito y me quedé dormida ante un atronador bouzouki. Entonces tenía dieciocho años, era joven y no le dí importancia. Mis acompañantes lo atribuyeron unos al ouzo, que no supe rebajar con agua, otros y mi naturaleza endeble, alguno pronunción la palabra narcolepsia, pero la mayoría se limitó a sonreír condescendiente o a desternillarse a mandíbula batiente.
Con veintidos años me abandoné a Morfeo en todos los bares de copas de una pequeña ciudad provinciana de Francia. A mis amistades, les hacía gracia verme tirada en cualquier esquina, en posición fetal, apoyada la cara sobre las manos orantes. Y nunca dejaron, a pesar de mis somnolientos males, de llevarme con ellas, a modo de nota exótica: no os vayaís a pensar, gabachos, queridos, que todas las españolas somoso tan fogosas, y me mostraban, durmiente, nada bella, como prueba de la variedad tipológica de femineidades castizas.
Ahora que he de reflexionar sobre tan terrible defecto, recuerdo la desesperación matutina de mi hermano pequeño, a lo largo de toda nuestra infancia, por rescatarme de las sábanas, y sus meditadas argucias para ser efectivo. Que si me tapaba la nariz, que si me arrancaba de quajo la almohada, que si llamaba a mamá, que se quitaba la zapatilla.
Sé que me he hecho mayor, porque cuando me quedo dormida, no le hace gracia a nadie. Habré de llegar a la vejez, para volver a despertar, con mi sueño, la sonrisa de los demás.
lunes, julio 17, 2006
Confesiones...
He de confesarlo, ruborizada: Me gustaría hacer un buen blog, de esos que he incluído en mi listado de favoritos, escritos por gente de apariencia solvente con información seria e interesante.
Tal vez, algún día, a fuerza de practicar, logre algo decente, al menos, pero por el momento, será falta de voluntad (perdida) habré de conformarme con escribir según me salga, y no puedo más que garantizar que lo que saldrá será caótico, inservible, insufrible, innecesario, superfluo, aburrido, nefasto, en definitiva, un atentado contra el buen gusto.
Tal vez, algún día, a fuerza de practicar, logre algo decente, al menos, pero por el momento, será falta de voluntad (perdida) habré de conformarme con escribir según me salga, y no puedo más que garantizar que lo que saldrá será caótico, inservible, insufrible, innecesario, superfluo, aburrido, nefasto, en definitiva, un atentado contra el buen gusto.
jueves, julio 13, 2006
Conmoción
Ando sumamente conmovida con el "Asunto Blog", hasta el punto de introducirme, cual bloguera coraje, en sus propias entrañas, en busca del intríngulis.
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